La
hípica fue una de las actividades deportivas más masivas en Magallanes
durante el siglo pasado. Miles de familias concurrían al Club Hípico y
muchos nacieron y crecieron en torno a este deporte.
Pese
a la gran depresión económica que afectó a Estados Unidos y países
latinoamericanos antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1935 en Punta
Arenas la actividad hípica bullía.
La
yegua “Rosita” era la favorita de los clásicos del campo hípico ubicado
en Avenida Bulnes, junto a sus competidores “Quilluí Quilluí”, “Petisa”
y “Chateau Margoux”.
Era
el año del éxito musical de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, “Por una
cabeza”, el tango “burrero” por excelencia, en la historia del amor de
“la mina” del lunfardo del Buenos Aires argentino y del equino que gana
por aquella parte superior de su cuerpo animal.
La
canción es un verdadero himno hípico que se cantó también en el ex Club
Hípico de Punta Arenas, ubicado en ese entonces en la ruralidad norte
de nuestra ciudad, que en las décadas del 40 y 50 del siglo pasado, se
escuchaba por sus altoparlantes los días de las carreras, apuestas y
paseos dominicales.
HISTORIA
La
primera carrera oficial tuvo lugar en septiembre de 1911, aunque el
recinto ya existía desde 1896, año en que la Sociedad Club Hípico de
Punta Arenas hizo inversiones superiores a los 40 mil pesos de la época,
cumpliendo con la disposición del Gobierno, pasando a administrar el
recinto privado la Sociedad Rural de Magallanes hasta el año 2002 cuando
cambió su denominación a Club Hípico de Punta Arenas S.A.
En
febrero de 1919 se corrió con gran asistencia de público, con terno y
corbata los varones y trajes sastres las damas, el primer clásico
denominado Derby, que ganó en una distancia de mil metros “Griset” con
la monta de Manuel Araneda.
Por
esa época, de septiembre a mayo, el deporte denominado de “los reyes”
concitaba la atención de la sociedad magallánica: de la “pudiente” y de
la otra popular,
en una mezcla de clases sociales que conjugaba la propia hípica criolla
con el saludo claro y sin dobleces del paseo y deporte del día de
guardar.
En
una histórica crónica escrita por el periodista Gerardo Rafael Álvarez y
publicada en Diario El Pingüino, el locutor magallánico Patricio
Mladinic Centurione, que ganó dos Derby como propietario de “Leona Roja”
y “Lejana Mía”, recordó que “la mejor época de la hípica nuestra fue
entre 1950 a 1970. Se programaban 12 carreras con 10 caballos en cada
una. Todo un espectáculo, con buenos jinetes y también contundentes
premios”.
Eran
los años de los potros ganadores de clásicos: “Oviedo”, “Peladilla”,
“Omar”, “Arre Demonio” que competían con las potrancas “Odette”, “Guapa”
“Sevillana” y “Brusca”, haciendo alusión al tango del amor y de los
juegos, de la vida y del azar, de los sueños y de la ilusión.
Según
registros de prensa de la época, la última jornada hípica se programó
el domingo 23 de abril de 2006, corriéndose tres carreras con cuatro
ejemplares cada una. Ya no había casi premios a repartir a sus
propietarios ni a sus jinetes.
La
modernidad de apuestas por Internet, los casinos de juegos, las visitas
a los grandes centros comerciales, la propia Zona Franca, minaron la
actividad hasta desaparecer por completo.
PANORAMAS FAMILIARES
En
el año 1962, los días domingos se podían dividir en el almuerzo
familiar, junto a la nona con sus nietos, al tata y sus descendientes,
con la conversación afable con espíritu de pioneros y de colonos de
antaño.
El
mismo Gerardo Rafael Álvarez recordó que en esos años, el paseo al Club
Hípico en día soleado de domingo era todo un acontecimiento para luego,
jugársela por asistir a la “vermouth” del cine Gran Palace o al
gimnasio Cubierto para ver los clásicos del básquetbol entre Español y
Sokol; Naval y Pudeto; Olimpia y Progreso o Liceo y Comercial, y
encantarse con las jugadas del “Pollo” Ivo Radic, René “Popeye”
Cárdenas; del “Flaco” Vicente Karelovic y “Yayo”Ojeda; del “Toto”
Antonio Ríspoli, Smiljan Coro y Slavic; Ricardo Miranda y Hernán
Cabrera; Humberto Águila y Julio Valderas.
Eran los tiempos de la hípica y el básquetbol en distintas épocas.
Dentro
de los hitos deportivos destacados está el de Clemente Ojeda, chilote
que se hizo jinete en Punta Arenas, quien ganó en 1954 una estadística
del Hipódromo Chile en Santiago, corriendo en muchas oportunidades al
ejemplar “Milenario”, nacido en un criadero magallánico y que un año
antes había vencido en el Derby puntarenense.
El
español Manuel Mallada, que llegó en 1938, fue otro gran jockey junto a
Francisco Santana y al recordado Juan Moreau González, quien también
fue gerente de la Sociedad Rural e integrante del último triunvirato de
comisarios junto al periodista Francisco Eterovic y Neftalí Vásquez.
Los escasos hípicos de hoy recuerdan con nostalgia y respeto a propietarios de caballos de carrera.
En
sus mentes están los nombres de Santiago Marinovic, Isaías Álvarez
García, Antonio Mladinic, Bartolomé González, Antonio Benedicto, Godfrey
Finlayson, Manfred Lehmann; los médicos Tomás Buvinic, Miguel Córdova y
Álvaro Soto; Tomislav Martic, las familias Abad y Stambuk, junto a los
administradores del recinto Remigio Gallardo y Magdalena Fleuret.
Tiempo
de los haras criadores de los pingos magallánicos bien dotados, que
salían a caminar para “estirar las piernas” en día sábado por el
descampado de Avenida Bulnes hasta Tres Puentes, guiados por su
cuidador. Club Hípico ofrecía fuente laboral a preparadores, jinetes,
empleados de corral y boleteros; jueces y comisarios; herreros y
veterinarios, que cosechaban avena y pasto alfalfa sembrados en su
elipse, cuya semilla nació también de la monta de su “galopador” David
Cerda, de familia hípica.
Hoy
recuerdos de una pista mixta de 1.600 metros que hasta 1960 tenía pasto
en la recta final de los 400 frente a la tribuna oficial, cuyos
asistentes fueron testigos el 10 de marzo de 1990, de la muerte
instantánea
del jinete Máximo Fernández Canales, que montaba a “Último Rey”, que al
darle “rienda” encabritó sus patas visualizando y topando con su nariz
al caballo que lo antecedía en el fatal accidente.
Quizás
en aquel instante René Formantel, locutor y relator de carreras hípicas
informaba el testimonio del infortunio que antes también anunció con
maestría Eusebio Fernández, hermano de Máximo.
Antes,
a fines de 1958 había fallecido Carlos Alvarado en el Hospital Regional
Doctor Lautaro Navarro Avaria, luego de cuatro días en coma al caer con su cabalgadura en el codo de la curva sur de la recta final luego de pasar el “disco” de la victoria.
La actividad ya es pasada. Solo quedan recuerdos de una época gloriosa de la convivencia de la sociedad que perduró por 110 años.