Esta pregunta, quizás un tanto obvia, se plantea en el contexto de una no tan obvia tendencia en la expansión del invisible vector de mortalidad humana actual y que nos ha tenido sometidos, a la gran mayoría, fundamentalmente como simples espectadores y más allá de cualquier resistencia posible o imaginable. Quisiéramos que la tendencia permita predecir una llegada más o menos “victoriosa” al otro lado del complejo, agobiante e incierto túnel social, económico y político que hemos estado atravesando en los últimos meses. No hay duda de que los efectos impensados hasta hace muy poco tiempo atrás, están siendo cotidianamente dramáticos para una mayoría que requiere, con sus urgencias a la mano, una vuelta a esa “normalidad” que, pensábamos, podían sostener las posibilidades de desarrollo de la comunidad nacional. Para otros, las consecuencias de lo que se está viviendo han permitido conformar un escenario apropiado para efectuar, colectiva e individualmente, una revisión crítica de nuestros estilos y modos de vida, a partir de la cual sería factible proyectar una necesaria y profunda modificación en la forma como nos desarrollamos y como nos relacionamos con nuestro ambiente, con nuestros vecinos e incluso, con nosotros mismos. Los ejemplos muestran que ambas posiciones, aunque entendibles en su fin último, no necesariamente conducen a un mismo destino, incluso si la predicción y tal como todos esperamos, elimina momentáneamente la incertidumbre que produce el no tener ni las armas ni menos los argumentos, para sentirnos por sobre un minúsculo virus. Sin embargo, es evidente el hecho de que todos los sectores somos parte del problema y también de las soluciones, por lo que las respuestas que requiere el ¿Hacia Dónde Vamos? deberían estar en acuerdo con el principio básico de no volver a ser martirizados a causa de ésta o la siguiente pandemia. Y eso puede que no sea tan obvio. Existe la tendencia a pensar que formamos parte de una sociedad de consumidores liquida, desregulada y desorganizada y este es un ambiente propicio para que, quienes calladamente están al acecho de las múltiples oportunidades de ganancias relativas, sigan propiciando una sociedad atomizada, individualista y privatizada. El fin de una primera etapa por intentar controlar la expansión viral o al menos ponerla dentro de límites definidos por algunos como razonables, pone a prueba las alternativas posibles para los siguientes pasos: Las decisiones seguirán siendo personales y probablemente incluidas dentro de los extremos impuestos por la necesidad de una supervivencia inmediata por un lado y por una revalorización del sentido final de nuestra existencia humana por otro. De lo que no hay dudas es que el Covid-19 y sus consecuencias aún impredecibles, ha puesto un freno a nuestras ambiciones e ignorancias, pero al mismo tiempo ha devuelto la añoranza por nuestra olvidada condición de personas. Como señalara el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, es de esperar que nuestros siguientes pasos vayan hacia algo necesariamente mejor, como resultado de muchos sacrificios, en tanto privilegiemos la ética de la solidaridad y el humanismo.