Cómo burlar la cuarentena

 La
persistente actitud de mostrar estadísticas nos está llevando a un
conflicto entre quienes estamos haciendo caso a las normas preventivas
con aquellos que, jugando a la del “choro chileno” y creyendo que nada
les va a pasar, encuentran cualquier mecanismo para burlar la
cuarentena.

Magallanes
con la mayor tasa de contagios por habitantes aún permite que circulen
por las calles miles de autos todos los días, mientras decenas de miles
de personas piden salvoconductos para hacer trámites. La fragilidad del
sistema de la comisaría virtual ha abierto la puerta a cuanta gente
quiera andar circulando, visitando familias, yendo a supermercados, etc.

Ha
sido tan fácil esto, como ver grupos completos que piden
salvoconductos, salen de sus casas eludiendo la conocida ubicación de
los puestos de control, obtienen licencias virtuales y luego
presenciales, o usan impunemente unas que no necesitan, que constituye
una burla a todo el sistema y especialmente a los conciudadanos que
desean que esto termine pronto para volver a la normalidad.

¿De
qué sirve el puesto de control si no puede retener u ordenar volver a
sus domicilios a aquellos que trasgreden o mal utilizan estas
herramientas? Sería bueno que, aparte de los puestos de control ya
conocidos y que son fáciles de eludir, existieran otros de mayor
flexibilidad. Está claro que a los chilenos nos gusta el juego del gato y
el ratón. Es adrenalínico ¿Quién será el más ladino, el más osado o el
más choro? Está en nuestra idiosincrasia trasgredir en lo más mínimo por
lo que no puede hacerse la manga tan ancha.

Los
que estamos preocupados de verdad de esto no podemos permitir a los que
no les importa nada y que lo arriesgan todo a seguir con este afán. Los
números son importantes, pero lo es más el rostro del que sufre para
que, de una vez por todas, aquellos que se creen superiores, que no
pueden soportar quedarse en sus casas, que no pueden desarrollar una
vida familiar adecuada, sepan quien padece, quien sufre por no poder
respirar y quien muere. Que “el niño quiere jugar”, que “quiero ver a
mis padres”, que “he perdido clientes”, que “el perro…”, “mi parcela…”,
“me he sentido bien…” y tantas otras excusas sean realmente meditadas
para no jugar con la suerte. Es hora de enseñar a los niños las razones
de obedecer las órdenes de la autoridad. La displicencia y falta de
empatía debe ser relegado de nuestras conciencias si queremos tener un
mundo mejor, que se basa en que nosotros seamos un poco mejor.

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