Durante
un discurso ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de
Prensa, en 1996,Gabriel García Márquez calificó al periodismo como “el
mejor oficio del mundo”. En el mismo contexto “el Gabo” también se mandó
otra frase memorable como es que “la mejor noticia no es siempre la que
se da primero sino muchas veces la que se da mejor”. Y es que en esta
pandemia el ejercicio y rol del periodismo cobra más significado que en
otras coyunturas. La capacidad de generar contenidos, de reportear, de
entrevistar a los actores relevantes, a los tomadores de decisión, se
hace más que evidente para mantener a la ciudadanía al tanto de los
acontecimientos. Cierto, hoy en día las redes sociales contribuyen a la
construcción de opinión y realidad, no obstante están lejos de
reemplazar el ejercicio periodístico y sus pilares: informar, educar y
entretener. En este escenario llama la atención la crisis por la cual
atraviesan los medios, a nivel global, que básicamente se explica por la
inversión publicitaria: cuando las empresas, cuando las entidades
públicas y privadas dejan de aportar lo que ocurre es que se genera una
merma en la capacidad reflexiva, escrita e informativa. Esto, dicho sea,
trae como consecuencia una podredumbre en cuanto a la capacidad
analítica de la opinión pública dejando espacios para, por ejemplo, las
noticias falsas (fake news) que se viralizan aceleradamente a través de
las aplicaciones de redes sociales. Lógico, aquí el ejercicio de
corroborar la información, chequear su veracidad y la fuente, entre
otros, no existe: la cuestión es reenviar, publicar o difundir. Y esto,
en más de una ocasión, induce a errores groseros que, incluso, terminan
flanqueando a algunos trabajadores de medios que, por el afán de no
quedarse atrás, terminan replicando contenidos que no necesariamente
aportan en lo noticioso, sino más bien en uno que otro bochorno donde
tendrán que salir al paso haciendo uso del “mea culpa”. Cierto, los
periodistas no somos infalibles, pero por una cuestión de formación,
además de redactar lo mejor posible, también se nos exige criterio y
rigurosidad. No cabe duda que para aquellos valientes que eligieron
hacer del periodismo su profesión son tiempos duros. Ni hablar de
quienes han llegado a las comunicaciones sin mayor formación, sólo con
la vocación y el entusiasmo de ser parte de este rubro noble y que,
entre sus objetivos, tiene como finalidad ser el nexo, el puente, entre
las personas y los tomadores de decisión, a saber: Gobierno, Congreso,
Poder Judicial, Empresarios, Gremios, Organizaciones, Emprendedores, en
fin. El listado es extenso, las voces son muchas, pero los espacios son
cada vez menos. Quienes ejercen actualmente en medios de comunicación
tienen un sinnúmero de responsabilidades. Y ahora, en un mercado cada
día más competitivo, el esfuerzo no sólo se reduce a lo informativo sino
también a la conversación necesaria a través de las plataformas
digitales, las estrategias de posicionamiento y de mercado para abarcar
(y entender) a sus audiencias, la reinvención para satisfacer la demanda
noticia y, de paso, la subsistencia de sus fuentes laborales. Porque la
gente, en general, gusta de estar informada, pero olvidan (con sutil
comodidad) que la información tiene costos humanos, de tiempo y
laborales para llegar a sus manos, a sus odios, a sus sentidos. En los
tiempos que corren, tanto en Chile como en el mundo, qué duda cabe que
los periodistas y profesionales de medios de comunicación en general son
más indispensables que nunca para la construcción de sociedades
robustas, aportando contenidos que favorecen la toma de decisiones, el
desarrollo de capital cultural y la formación de ciudadanos cívicamente
aptos para afrontar los cambios estructurales que están viviendo las
sociedades. Estamos en una época de vértigo y de cambios, de
intercambios diarios de información y un vaivén de contenidos donde los
periodistas son los paladines para que esa información sea lo más veraz
posible, con derecho a réplica y a expresar el sentir de las voces en
todos los territorios. Bien también lo dijo García Márquez en alguna
ocasión: “el periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con
la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se
permite tirar la toalla”. Quienes se desempeñan en medios de
comunicación o en instituciones, y decidieron abrazar el periodismo,
saben que en más de una ocasión el costo es una vida dedicada a la
profesión, en desmedro de la vida familiar. Jornadas donde saben a qué
hora comienza la jornada, más no a qué hora concluirá. Fines de semana
donde deberán correr para una pauta, una cobertura o algún “breaking
news”. Todo, con un solo fin: que usted, mi querida y querido lector
(a), quede lo más informado posible para que pueda hacer sentido de las
noticias que a usted le interesan, tenga tema de conversación y
socialización y contribuya a la construcción de una opinión pública
formada gracias al trabajo periodístico. Porque los periodistas, a veces
queridos y en otras odiados, sabemos desde primer año de la carrera que
tenemos un deber con y para usted. Los periodistas somos personas que,
además de contarlas y al igual que usted, también vivimos nuestras
propias historias. Por ahora esta conversación la dejaremos stand by
hasta una próxima oportunidad, una donde la vorágine informativa nos
permita conversar e intercambiar opiniones que bien podrían terminar,
era que no, convertidas en noticia. Porque cada día, cada persona, cada
hito, cada momento, es un regalo en sí mismo y quien mejor que nosotros
para saber atesorarlo. ¡Adelante estudios!, continúan las
informaciones.