Los muros físicos
parecen levantarse bajo cualquier condición que requiera la necesidad de
generar segmentos sociales y materiales para que queden, supuestamente,
a salvo de la invasión y predominio de los intereses de unos por sobre
los de los otros. Esta acción, arquetipo del género humano, ha conducido
a la creación de un mundo que se caracteriza por la multipolaridad de
alternativas y opciones, emergiendo fronteras internas dentro de las
cuales calles, plazas, casas y familias suelen quedar divididas y, por
tanto, dirigidas y administradas, por intereses superiores en constante
enfrentamiento. Los ejemplos son numerosos, así como también los
derrumbes de estas separaciones artificiosas, levantadas interesadamente
bajo conceptos políticos, económicos, sociales y religiosos, con la
pretensión de proponerse como definitivos.
La
Pandemia del Siglo XXI está imponiendo un nuevo modo de construir
muros. Las condiciones sociológicas existentes en nuestra sociedad hasta
antes de la aparición de la notable y global mortalidad causada por un
virus, habían conducido a la emergencia de un individualismo intenso,
con un materialismo
globalizado y definido por aspiraciones de crecimiento, desarrollo y
acumulación que derribaban muros de manera impensada. Es en este
contexto en donde lo público, lo compartible y la responsabilidad
conjunta, dejaban de existir como algo sólido, conduciendo a que la
responsabilidad del fracaso o del éxito, recaigan totalmente sobre los
hombros del individuo. En palabras de U. Eco, habíamos llegado a vivir
(y aún lo hacemos), en un mundo donde lo principal no es el
reconocimiento, que implica valoración, sino el conocimiento, ser
conocido, que implica puramente notoriedad, publicidad. En este mundo,
el olvido y el desarraigo afectivo se presentan como condición del
éxito, mientras que los valores de la publicidad crean una manera y un
estilo de vivir aparentemente sin fronteras, sin muros. La pandemia
volvió a levantar muros artificiales y, para muchos, absolutamente
necesarios. Pero, paralelamente, dejó al descubierto otra forma de
establecer muros producidos por la línea tradicional del progreso, que
produjo una frontera social que dejamos de ver aun cuando estaba, y
sigue estando, instalada plenamente en nuestra realidad. Pero lo más
grave es que hay muros que seguimos construyendo cotidianamente a
nuestro alrededor y que, insensiblemente, van revelando el rostro
terrorífico de la segregación.
Hay
que construir puentes y no muros, para lo cual hay que desplazarse
desde el lenguaje de los muros hacia el lenguaje de los puentes. Son dos
maneras de hablar que implican cambios fundamentales en las maneras de
construir eso que llamamos “realidad”. La Dirección del Departamento de
Asuntos Públicos de la Gran Logia de Chile lo resume acertadamente:
“Quizás el mundo sea muy diferente cuando todo esto acabe, como ya
sugieren algunos; esperamos que esa diferencia sea para bien. De ser
así, se deberá a esa fuerza extraña que nos empuja a cooperar con los
otros, en la cual se incluye la voluntad de reconstruir de nuevo los
vínculos sociales e institucionales que se hayan quebrado, que incluya a
todos y desde esta enorme diversidad de pensamiento y posturas, podamos
juntos construir el país que queremos para todos”.