El purrete del abasto

Pícaro, veloz, sonriente.

Creció en el entorno del Mercado del Abasto, centro proveedor de verduras y frutas de lugares rurales de Buenos Aires.

Este
niño -purrete en el argot argentino- era ladronzuelo de manzanas y
lechugas. Todo para comer, porque su madre, Bertha Gardés, era
lavandera.

Él nació en Toulouse, Francia. Así se consigna en su certificado de nacimiento.

Pronto, cambió su apellido por el de Gardel. En adelante sería Carlos Gardel.

Cuando tenía dos años y meses, su mamá se trasladó al país trasandino. Específicamente al Mercado del Abasto.

(Paradójicamente,
ese centro hoy es un elegante mall, perteneciente a un multimillonario
empresario chileno. Este confesó, cuando recibí el premio Embotelladora
Andina, que no conocía a Gardel).

El
pequeño purrete surgió poco a poco. Cuando mayor lo interrogaron dónde
nació y respondió que en Francia. Pero el comienzo de la Primera Guerra
Mundial, a la que lo convocarían para alistarse para enfrentar a las
tropas enemigas, lo obligó a inscribirse como argentino.

Comenzó
interpretando camperas. Mario Cárepa Guzmán, historiador del teatro
nacional, me contaba que Gardel actuó en Chile, antes de su fama.

El niño del Abasto se transformó en un elegante tanguero, con una bella sonrisa, su peinado con gomina y su traje de pingüino.

Su
corazón se abrió, entre otras, ante Isabelita del Valle y Mona Maris.
Cuando lo interrogaban por qué nose había casado, contestaba con ironía:
“¿Para qué hacer feliz a una e infelices a tantas?”.

Cantó
en bares y restaurantes, desde joven. Su ascenso a la fama fue rápido:
interpretó y escribió cientos de tangos. Lo acompañaron Razzano y Le
Pera. Protagonizó muchísimas películas.

La fortuna lo llevó a París, Londres y Nueva York.

Entre mis favoritas están “El día que me quieras” y “Mi Buenos Aires querido”.

¿Por
qué escribo en esta fecha? Porque el 24 de junio de 1935 volvía de una
gira de éxitos internacionales. En Medellín subió a un avión, en medio
de halagos de la multitud.

El aparato corrió por la pista y el piloto no tuvo la destreza para elevar el avión. Se estrelló contra otro y Gardel falleció.

Su fama sigue hasta hoy.

En
una visita a la capital argentina conocí a quien cantó en la despedida
en el Luna Park el tango “Volver”, con la orquesta de Francisco Canaro.

Cuando
llegaron a la capital del obelisco con los restos de Gardel, habían
transcurrido meses. El cortejo por la calle Corrientes hasta el
cementerio de La Chacarita es inolvidable. Allí está la estatua en su
honor. En ella, sus apóstoles le encienden un cigarrillo día y noche.

Maidana
me presentó y me pidió que hablara ante los peregrinos. El reportero
gráfico Raúl Inzunza me captó una foto que aún conservo.

En
Chile, el periodista deportivo Raúl Hernán Leppé coleccionaba discos y
películas de Gardel y me presentó a Rafael Rojas, el Gardelito Chileno.
Tenía un insólito parecido físico y en el tono de voz.

Lo llevé a universidades y a mi casa con amigos tangómanos. Todos se emocionaron.

Viajé
con estudiantes y con mi hermano Agustín y su familia a Buenos Aires.
Lo vimos en un gran espectáculo. Al día siguiente nos cantó muchos temas
de Gardel.

Cuando regresé a Santiago supe que habían asesinado a Gardelito. Era muy joven cuando murió.

Como el purrete del Abasto.

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