La cooperación social y sus enemigos

Casi todos los bienes y servicios que nos rodean y nos hacen
más fácil la vida, son resultado de un amplio orden de cooperación humana, que
se forma espontáneamente de intercambios libres y voluntarios.  No es un “modelo” impuesto por alguien,
sino que simplemente surge cuando las personas pueden actuar en libertad.  No se requiere de una autoridad que nos
indique como o en que trabajar o que consumir, porque el orden espontaneo nos
obliga a disciplinar nuestro comportamiento en función a las necesidades de los
demás
, actuando dentro de las normas y esquemas morales transmitidas por la
tradición.

No es un orden estático y jamás está en equilibrio. El ser
humano es inquieto. Concibe permanentemente nuevos objetivos y mediante su gran
creatividad busca los medios para alcanzarlos. Frente a cada intercambio, las
personas tienen percepciones y evalúan el resultado generando información que
determinará sus próximas acciones. El orden de cooperación social se encuentra
entonces en permanente evolución y nadie sabe a ciencia cierta como y hacia
donde se dirigirá. No tiene una mano conductora que lo guie.

Y no podría ser de otra forma, ya que la información que
alimenta y genera cada una de las decisiones que a diario tomamos los 7.700
millones de personas que habitamos el planeta en esta economía globalizada, es
de tipo tácita, no estructurada y subjetiva, por lo que se hace imposible de
transmitir de manera formal.  Nadie podría
disponer de toda esa información para dirigir con éxito mediante ordenes
coactivas el orden espontaneo de cooperación humana hacia un determinado
objetivo juzgado por algunos como más deseable.

Todo ese conjunto disperso de experiencias y sensaciones que
surgen en las personas cuando participan en el mercado, se encuentra contenido
y da forma al sistema de precios, que es el idioma común que permite resumir la
información de los individuos e incorporarlo al entramado social, haciendo
posible el cálculo económico que permite una eficiente coordinación.

La libertad y el reconocimiento del individuo que se fue
consolidando a partir del renacimiento, facilitó la creación de emprendimientos
más complejos e intensivos en capital, fenómeno que se conoce como CAPITALISMO.
La revolución industrial que generó permitió sacar a millones de la pobreza
extrema en que vivían. La pobreza ha sido la condición natural de la humanidad
desde sus orígenes y lo realmente novedoso y sorprendente es el nivel de vida
que hemos podido alcanzar en la actualidad. Por lo tanto, no tenemos que
buscar la explicación de la pobreza, sino comprender las condiciones que hacen
posible la riqueza
.

Está demostrado que existe una relación directa entre el
índice de libertad económica y el progreso social. El PIB per cápita de los
países más libres es ocho veces más alto que el de los países menos libres.
Pero además tienen más esperanza de vida, más democracia y cuidan mejor el
medioambiente. La fórmula para el desarrollo está por lo tanto muy
clara.

El orden espontaneo de cooperación social constituye el
sistema más complejo del universo según Hayek, del cual sabemos muy poco y por
lo tanto, es muy riesgoso intervenirlo. Sin embargo – cual virus que infecta un
organismo vivo- políticos de todos los partidos (izquierda y derecha) compiten
por diseñar u organizar, total o parcialmente mediante medidas coactivas de
“ingeniería social”, cualquier área del entramado de interacciones humanas que
constituyen el mercado y la sociedad
. Es lo que Jesús Huerta de Soto define
como SOCIALISMO.

Dado que la descoordinación social que genera esa
intervención está demostrada conceptualmente y comprobada empíricamente, cabe
preguntarse si los políticos que las promueven lo hacen por ignorancia o por la
arrogancia de considerar que ellos pueden decidir mejor todos nosotros.

 

 

 

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