Sorprende que los políticos y la dirigencia en general a nivel nacional descuiden el poco capital simbólico que les queda. La sociedad está muy disconforme con el proceder de los políticos, con las trampas y contubernios que siempre caracterizaron la mala política. Yo creo en la política, y estoy seguro de que no podemos poner a todos en la misma canasta. Pero el problema aparece cuando los honestos y decentes empezamos a ser rehenes de una forma de hacer política que deja de lado a la gente. Me preocupa en serio. Conozco gente de varios espacios políticos, desde al centro-derecha hasta la centro-izquierda, gente honesta y capaz. Me duele que todos, incluyéndome como independiente, debamos pagar el costo que implica insistir con eliminar las inhabilidades, cuestión que ya fue zanjada en septiembre. El intento de continuar con este atajo pone en peligro a la clase política, al honor que alguna vez implicó dedicarse a la política, y por consiguiente a todo el sistema democrático.
No pueden cambiar las reglas de juego a cada rato, con el único fin de salvarse el pellejo, aquellos que ya las han cambiado durante tanto tiempo. Es necesario enviar un mensaje de honestidad, de compromiso político y moral con el Chile que viene. Estamos por escribir una nueva Carga Magna, una nueva Constitución, y algunos, en lugar de prestar atención a este momento histórico, se enfocan en cambiar las reglas lo más rápido posible para continuar haciendo lo que la gente votó que no quiere que siga sucediendo.
Falta de comprensión social, de compromiso con la ciudadanía, pero sobre todo falta de moral, es lo que podría conducir hacia un destino equivocado. Todos queremos lo mejor para nuestro país. En este momento se ven los patriotas, los honestos, los decentes y todos aquellos que, sin importar la ideología, quieren contribuir a crear un país mejor, más próspero y solidario, en el que la ley se cumpla y el compromiso con los más necesitados se haga desde el corazón.
Chile y Magallanes necesitan un cambio cultural, y son los políticos los que deben dar el ejemplo. Me inclino a pensar que esto no pasará a mayores y que aquellos que buscan seguir haciendo lo que la mayoría de la sociedad rechaza, reflexionarán y, por pudor o al menos por estrategia, dejarán de poner sus intereses por sobre la moral, porque la política es, al fin y al cabo, un ejercicio ético del deber ciudadano.