En la semana, junto a profesionales de la región, planteé a la opinión pública una mirada racional e interdisciplinaria respecto de la actual estrategia de control del Covid-19. Es un hecho que después de dos meses de confinamiento en Punta Arenas, esta estrategia no ha conseguido los resultados esperados, si bien que en los últimos días los nuevos contagios tienden a disminuir. Sin embargo, el debate regional ha sido nulo respecto de los efectos nocivos en la salud mental, física y manejo de otras enfermedades, así como en la escolaridad y empleo en la población. El objetivo de la misiva no es otro que replantearnos una nueva estrategia para enfrentar el problema, valorando la experiencia internacional donde destacan países como Suecia, o sin ir muy lejos Uruguay, que han logrado proteger a la población vulnerable, manteniendo la actividad social y económica del resto de la población. El peso de la realidad debe ser sopesada críticamente, porque son miles los magallánicos que hoy están sufriendo los inmensos costos sociales, económicos, físicos y mentales del encierro. No solo me refiero a la angustia de la mayoría de los magallánicos que tienen un bajo riesgo de desarrollar complicaciones producto de la enfermedad, pero que hoy están obligados a no trabajar o estudiar; también es centro de mi preocupación el bienestar de la población vulnerable como adultos mayores, enfermos crónicos e inmune deprimidos, que hoy no reciben la adecuada protección. Cómo no prestar atención si varios expertos en salud reconocen que el contagio se produce de manera intrafamiliar, y por ello son las personas vulnerables las que está en riesgo en el seno familiar. En consecuencia, vale la pena cuestionarse si el confinamiento es el mejor método para salvaguardar la salud de los más vulnerables frente al Covid-19. Asimismo, ¿tiene sentido seguir deteriorando la economía y nuestro sistema inmunológico en un encierro que nos hace perder capacidad de recuperación, particularmente de la población no vulnerable? En el caso de los menores de edad, la enfermedad no ha demostrado ser más peligrosa que tantas otras enfermedades con las cuales convivimos a diario. Por tanto, ¿es justo que los despojemos de su niñez? ¿Es sensato que nuestros jóvenes no puedan hacer deporte, estudiar o pololear? Recordemos que no existe garantía que contemos con una vacuna o cura efectiva en el corto plazo. En efecto, esta enfermedad debiera acompañarnos todo el próximo año y solo Dios sabe si más tiempo. Por lo tanto, no parece juicioso que el encierro permanente sea el método de controlar la pandemia, mientras el conjunto de la población se empobrece, se pierden los empleos, se cierran las empresas, las atenciones médicas se postergan, los niños y jóvenes no se educan y el padecimiento mental de miles de personas explota. Por ello, hago un llamado a repensar una estrategia que balancee los riesgos y beneficios para alcanzar la inmunidad grupal, a cotejar las mejores medidas que protejan a la población vulnerable, pero a la vez permitan retomar a buena parte de la población sus vidas. No solo me quedo con señalar el problema. Mi propuesta busca ser parte activa de la solución, ya que efectivamente existen alternativas concretas. La carta “Hacia una nueva estrategia COVID-19 en Magallanes” no solo está siendo tratada por los medios de comunicación, sino que también tuvo de remitentes a la Intendente Regional Jeniffer Rojas y el Ministro de Salud Enrique Paris. Espero (esperamos) que sea considerada como un aporte, ya que nadie posee el conocimiento absoluto sobre la enfermedad, aunque transcurridos varios meses desde el inicio de la pandemia, sí existe mejor información que nos habilita para perfeccionar las medidas que posibiliten proteger a la población vulnerable, al mismo tiempo que, reactivamos la actividad económica y social en toda la región de Magallanes.