Qué
duda cabe que el denominado “primer tiempo” del segundo mandato del
presidente Piñera ha sido duro. Curiosamente, con una oposición dormida y
aletargada, el mayor del rival del oficialismo ha sido el mismo, con
una serie de autogoles innecesarios pero que lo mantienen ahí, aún a
flote. Con el equipo inicial, no necesariamente titular, agotado en
estos 90 minutos lo cierto es que el Presidente, al igual que un
Director Técnico, requiere hacer ajustes y cambios que le permitan
afrontar, de la mejor forma posible, este “segundo tiempo” del partido
donde, con mayor razón, va a tener que apelar y convocar a su mejor
repertorio porque, no olvidemos, se avecinan elecciones.
Por
esta razón la salida del gabinete del ex Ministro Sebastián Sichel
sigue siendo una cuestión inentendible, inexplicable e incomprensible.
Es casi como tener plena conciencia de que estás perdiendo un clásico y
sacar del campo de juego a tu mejor jugador, enviándolo a la banca (en
este caso como Presidente del Banco Estado). Por mucho rato Sichel no
sólo fue el Ministro mejor evaluado de todo el gabinete, algo no menos
considerando que no proviene del establishment político tradicional de
la Derecha, sino que además era la mejor conexión, el mejor puente,
entre el gobierno y la ciudadanía. Con una historia de vida, tanto
humana como emotiva, una de las mayores fortalezas de Sichel fue
sobresalir y ponerle relato a las acciones del Ejecutivo. Piñera tenía,
en el Sichel Ministro, esa oreja y escucha que viene demandando la
ciudadanía, con especial énfasis, desde el 18 de octubre de 2019.
¿Qué
pasó entonces? La explicación es simple: el temor de la vieja política a
un nuevo rostro. Tan simple y básico como eso. Y como no va a ser
frustrante que un outsider, ex DC y originario de la clase media, se
meta a incomodar espacios garantizados para la elite, para gente de
colegios homogéneos y carreras universitarias tradicionales. En qué
momento se les metió, por los palos, este personaje poseedor de un
relato que nadie en el gobierno tiene, con especial conocimiento del
territorio, de la calle y convertirse en una figura de acuerdos,
diálogos y consensos. El gran error de Sichel fue ser muy bueno en su
trabajo, en su acción, incomodando y dejando en evidencia la mediocridad
profesional y humana de la elite. Se ganó su espacio a punta de
esfuerzo, pero había que bajarlo: no podía opacar a otras figuras, de
similar rango etareo, que sí forman parte del ADN de Chile Vamos.
Por
esta razón no deja de ser llamativa la respuesta de Piñera a las
presiones de partidos políticos de su sector. Un hombre acostumbrado a
ganar, a triunfar, a alcanzar el éxito, terminó cediendo y concediendo
los caprichos de su hinchada, una que no le iba a perdonar que un
foráneo siguiera destacando. En este sentido habían dos opciones: que
sus representantes políticos en el gobierno se pusieran a trabajar y, lo
que finalmente ocurrió, quitar del camino al que estaba haciendo su
trabajo. Esto último, dicho sea, pasa hasta en las mejores familias. Se
asustaron, dimensionaron que Sichel podría haber seguido ganando
protagonismo y terreno político pudiendo, incluso, convertirse en
aspirante a la presidencia. Lo que no entienden es que, aún dolido
(obvio, fue injusto), Sichel siempre se las ingenia para destacar en
todas y cada una de las cosas que haga. Quienes no venimos al mundo con
el camino pavimentado sabemos que la única forma de sobresalir y ganarse
espacios es siendo los mejores, no hay de otra. Nadie, nunca, nos va a
regalar nada y todo tenemos que ganarlo. Así ocurre con la inmensa
mayoría de chilenas y chilenos.
Con
la salida de Sichel lo que Piñera hizo fue, además de dar en el gusto y
sacrificar su mejor pieza, reconocer que este segundo tiempo el
gobierno lo enfrenta sin mayores expectativas que alcanzar a terminar
este mandato el 11 de marzo de 2022. La resignación se hace evidente, el
gobierno empieza a tener conciencia que la gente no les cree ni les
quiere y, en vez de intentar revertir el resultado, lo más práctico es
resignarse. El Presidente sabe que no cuenta, en su sector político, con
un ramillete de jugadores talentosos que le permitan revertir el
resultado. En general, lo que se encuentra, son más bien personajes del
montón, buenos para mover banderas y entregar flyers, pero con poco y
nada de experiencia o formación profesional. No hay mucho de donde
elegir y por eso a Piñera no le queda más que recurrir a los mismos de
siempre, a esos que ya tienen trayectoria probada, que pertenecen al ADN
de su sector y donde los partidos quedarán satisfechos en materia de
representación y poder, aun cuando esto signifique perder el partido
ante un rival débil y mediocre como la actual oposición. Con este
escenario no esperemos ver estadios llenos o hinchas alentando, sino más
bien desafección y descontento. Total, al igual que en el fútbol: el
último apaga la luz.