Solidaridad en medio de la pandemia

Las
noches son más oscuras y frías que en otras regiones de nuestro país.
El clima normal del invierno está afectando mucho a nuestros ciudadanos,
a tal punto que se hace invisible al ojo de cualquier mortal. Nuestra
región, obligada a tener buenos techos y buenas paredes no permite ver
el tipo de pobreza y abandono que, normalmente, muestran los
informativos nacionales en la realidad de Santiago, pero no nos
equivoquemos. Detrás de una buena pared, resistente a los embates del
viento huracanado, hay muchísimas familias que padecen gravemente. Son
nuestros propios pobres. Esa indigencia invisible que se hace más grave
aún cuando no se puede salir a trabajar y obtener, al menos, el sustento
para una olla diaria.

Así
es como están muchísimas familias en la ciudad, tanto los que han
nacido aquí, como los más desafortunados de otras latitudes que,
buscando paz y oportunidad, se trasladaron y encallaron en nuestras
costas. Más aún son los que están solos, los que por alguna razón
perdieron a sus compañeros de vida y los ancianos que han debido
quedarse distanciados de sus parientes, producto de la amenaza sanitaria
que, como una nube negra cubre nuestra existencia.

Hacía
falta contextualizar esta necesidad y destacar el enorme éxito de
campañas como las realizada por los medios regionales que han sido
fundamentales para que no nos quedemos en la comodidad de nuestras casas
y nos demos cuenta que existen personas que literalmente se mueren de
hambre o de frío y a quienes hay que ayudar. Pero hace falta más. No es
una teletón única y anual. Se puede comer, pero el alimento pronto se
terminará una vez más.

Las
despensas vacías, el uso limitado de luz y gas, la ausencia de
entretenimiento de los niños, y la impotencia de poder salir a la calle
lleva a una desesperación indescriptible e insoportable. Por ello,
cuando alguien golpea su puerta y recibe una caja con productos, se
produce un alivio a los sentidos, una alegría indescriptible, una
recuperación de la cordura, de la confianza y la fe de que pronto habrá
de quedar atrás todo esto. Es consuelo. La espera será que pase pronto
nuestro propio invierno.

Es
la época en que la verdadera acción solidaria debe estar presente. Sea
uno creyente o no, estamos en condiciones de no entregar sobras, sino
que compartir de manera generosa nuestras mesas. Una invitación a hacer
un ayuno espontáneo para sentir esa sensación de falta de alimentos en
los estómagos, sería tremendamente productivo para generar más empatía
con los que sufren y que hoy reclaman con un grito silencioso que
nuestras autoridades aún no quieren oír y que las iglesias, parecen no
haber hecho suyas de manera más estridente.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS