La situación podrá ser denominada
“un cuento de nunca acabar”, porque se repite en el tiempo y desde hace mucho.
Es que los vecinos de la calle
Capitán Guillermos, a unas dos cuadras de calle Zenteno ya parecen estar
acostumbrados a un paisaje que no prestigia, precisamente, a la capital de la
Patagonia.
En ese lugar, es posible apreciar
una decena de autos de diversos modelos y marcas en lo que parece ser un
desarme de partes y piezas, ejecutado en la vía pública.
Y eso no es todo, porque, de
acuerdo con los antecedentes logrados en el Municipio, el sector norte de esa
transitada arteria de Punta Arenas, debiera ser un área verde, aunque hace unos
años, las cercanías de la misma calle con calleZenteno dejó de serlo y se
transformó en el estacionamiento para los clientes de un supermercado que funcionó
en esa esquina por largos años y que, al ser comercializado a una cadena
nacional del retail por su dueños, quedó como una valiosa herencia para los
clientes: el estacionamiento de marras aún es gratuito, porque sería un bien
nacional de uso público.
El problema es que, desde hace
tiempo, el dueño o los dueños o quienes
utilizan las dependencias de un añoso taller mecánico, situado en la
vereda sur de calle Capitán Guillermos, han estimado que pueden abandonar chatarra
sobre los terrenos de esa “área verde fantasma”, frente a una parte de la
Población Williams.
Hace ya un tiempo, uno de los
vecinos afectados por el montón de chatarra, N.P.B., contador, de 55 años,
emprendió una batalla personal y envió cartas a las autoridades municipales, a
la junta de vecinos e hizo la denuncia en forma personal, pero, en forma
reservada, se le hizo saber que luchaba en vano porque, por entonces, el taller
era administrado por un familiar de una importante autoridad edilicia, muy
aficionado al automovilismo deportivo, aunque después habría cambiado de dueño.
Desilusionado por su intento
fallido de contribuir a mejorar el paisaje urbano de Punta Arenas, no sólo se
cambió de barrio sino que decidió mudarse del todo al norte del país, donde
reside en la actualidad, y pone como ejemplo de lo que puede ser la desidia,
mostrando las fotografías de los autos, la chatarra y la basura abandonados en
la calle y que aún permanecen allí.
Algunos vecinos que pidieron
reserva de sus identidades “para no tener problemas con nadie”, respaldaron la
denuncia de su ex vecino y pidieron que los inspectores municipales visiten el
sector y cursen las notificaciones pertinentes a los infractores y se despeje y
se limpie el terreno que ocupan actualmente.
Pero, mientras eso ocurre, la
chatarra, la basura y otros desperdicios sigue afeando el sector, aportando, de
paso, refugio para borrachos, perros vagos, ratones de diverso tamaño y uno que
otro delincuente que encuentran cobijo en los asientos rotos que protegen
techos oxidados y parabrisas a medio romper, pero que los protegen algo de la
lluvia, del frío o de la nieve.