Segundo Vera Millalonco tiene 49 años, es carpintero y esquilador y, con su trabajo, pudo educar a sus dos hijos: Sebastián, paramédico de la Unidad de Tratamiento Intensivo del Hospital Clínico de Punta Arenas, y a Katherine, enfermera graduada en la Universidad de Magallanes y que, desde hace casi cuatro años, se desempeña en el Instituto de Neurocirugía, en la capital de Chile.
Esta historia de amor de hijos por su padre, partió al mediodía del 14 de marzo pasado.
Ese día, Segundo Vera se encontraba pintando el techo de una casa de calle Jorge Schythe, en la capital de Tierra del Fuego, cuando, en forma sorpresiva, perdió pie, resbaló y cayó a tierra desde unos cinco metros.
Una caída de este tipo, en la mayoría de los casos conocidos, tiene como resultado final la muerte del accidentado.
Sin embargo, Vera, apodado en forma cariñosa como “Chuno”, tuvo el tino de apoyarse, al caer al suelo, con sus brazos y con la pierna derecha, fracturándose la muñeca izquierda, la pierna y el codo derecho: todo un milagro.
“No usé un arnés, me confié y pude haberlo pagado más caro”, afirmó, mientras agradecía el traslado desde su tierra natal hasta el servicio de Traumatología del Hospital Clínico, donde fue operado de urgencia.
“Todos me han tratado muy bien. Me han ayudado y hasta me apodaron “Popeye”, porque parecía que, con el yeso y los fierros se apreciaba la musculatura”, sonríe Segundo Vera.
Su hijo, Sebastián, se dio el tiempo necesario para, sin descuidar sus labores como paramédico de la UTI, estar cerca de su padre, lo cual lo tranquilizó, lo alegró, le dio ánimo, pero faltaba algo más.
La hija
Y llegó un momento muy especial: Katherine Vera Raipane, su hija, viajó desde Santiago a Punta Arenas “para ver y cuidar a mi padre”, dijo, emocionada y ha estado junto a él, mirándolo y atendiéndolo con ojos de hija y de enfermera.
“Estudié en María Auxiliadora y en el Liceo Hernando de Magallanes, en Porvenir y, después, en la carrera de Enfermería de la Universidad de Magallanes y hace casi cuatro años, trabajo en el Instituto de Neurocirugía, en Santiago, viendo todo lo que se refiere a enfermedades y lesiones en la cabeza y en la columna”, dice mientras recuerda a sus profesores de aquellos años, mencionando al padre Sergio Astorga, a Hugo Gallegos, a Alex Vera, su profesor jefe y a sus amigas, señalando que “nuestro curso era muy bueno, porque casi el noventa por ciento logramos una carrera profesional”.
Y explica que se inquietó porque temía que su padre no pudiera atenderse, en razón de las fracturas sufridas en el accidente; sintió el dolor de la distancia y se angustió por la salud de su padre “pero he venido a verlo, a atenderlo, a estar con él, porque es un buen papá, un hombre trabajador, que cuando no esquilaba, trabajaba como carpintero y así salimos adelante”, señaló la enfermera Vera.
Su padre sonríe, emocionado, pero contento, mientras ella le arregla la ropa de cama o le acerca la bandeja de la cena con un charquicán “con cara de sabroso y saludable”.
Y la pregunta surge de inmediato, antes de la despedida.
¿Cuántos hijos o hijas son capaces de esta muestra de amor por sus padres, en este caso, su padre?
¿Cuántos padres y madres yacen, en algún lugar, como las hospederías, abandonados, olvidados por quienes, alguna vez, demandaron cariño, cuidados y muchas cosas más?
Segundo Vera, Katherine y Sebastián constituyen una evidencia de que cuando se siembra buena semilla en buena tierra, los frutos son excelentes.
Segundo volverá esquilar y a pintar (“prometo usar arnés”); Sebastián estará atento a todo, en la UTI del hospital, y Katherine, cuando regrese a Santiago seguirá prodigando su atención y su afecto profesional a quienes le corresponda atender en el Instituto de Neurocirugía.
Segundo Vera Millalonco puede y debe estar muy orgulloso y alegre, pese a sus fracturas y a los fierros y tornillos incrustados en sus extremidades, pero está vivo…