El periodista Mauricio Jürgensen es el autor de uno de los libros más requeridos en la actualidad por todos los amantes de la música chilena: Dulce Patria. Además, su programa del mismo nombre y que se transmite a través de radio Cooperativa (104.3 FM en Punta Arenas) cada día a las 21.00 horas (22 horas de Magallanes) es uno de los más escuchados en la radiotelefonía nacional.
– Mauricio, ¿cómo nace la idea del libro Dulce Patria?
“Nace a partir de la comprobación, a mediados de 2016 y después de un año y medio en la conducción de Dulce Patria en Cooperativa, de que necesitaba rescatar muchas de las buenas historias, anécdotas y reflexiones de los entrevistados que hasta ese momento ya habían pasado por el programa. Primero pensé en un libro de entrevistas, pero luego, a sugerencia de Ediciones B, fuimos configurando este texto que es más un híbrido de estilos literarios, mezcla de reportajes, crónica, opinión, anecdotario y que es parte de la diversa naturaleza musical del país”.
– ¿Por qué cuesta que se difunda la música magallánica en el resto del país?
“En parte culpa nuestra, pero quizás también de los mismos protagonistas, que no encuentran caminos para difundir lo suyo más allá de sus fronteras. Por otro lado, no sé si necesariamente eso es lo que tiene que pasar: reducir tu trabajo a la única meta de ‘llegar a Santiago’, como a veces se escucha. Recuerdo eso sí una iniciativa, factoriaparlante, que en algún momento intentó dar a conocer lo que pasaba. Me sorprendió lo que en ese momento interpreté como una escena muy diversa más allá de lo que uno comúnmente podría imaginar como ‘música magallánica’”.
– ¿Qué opinión tiene del Festival Folklórico en la Patagonia?
“Siento que es de los pocos festivales que logra conjugar identidad local, con espíritu comercial al convocar a artistas de perfil internacional como Milanés o Pedro Aznar. Sin embargo, una vez más, su difusión nacional no alcanza a ser relevante en la agenda de los medios de la capital, por ejemplo. Otro síntoma de un centralismo que, de algún modo, este libro quiso revertir al incluir a artistas de provincia y sus historias”.
– ¿En este libro, qué artista lo sorprendió?
“Muchos y por variados motivos. Portavoz, por ejemplo, uno de los raperos con más carácter de la última década y que nunca había ido a la radio. Me sorprendió su lucidez y claridad, admito que fue una de las entrevistas que me motivaron a hacer este libro. También me sorprendió la sinceridad de Amaro Labra, el humor de (Mauricio) Redolés, la historia de Me Llamo Sebastián o Gepe, o el profesionalismo de Francisca Valenzuela. Etcétera. Punto aparte, los diálogos sinceros y notables que tuve con Luis Le Bert, de Santiago del Nuevo Extremo, y Pedro Foncea, de De Kiruza, para mí, dos héroes de la música chilena y que motivaron en gran medida la realización de este libro”.
– ¿Cómo ha evolucionado la música chilena en las últimas tres décadas?
“Ha cambiado en distintos planos y no solo desde lo artístico. También desde la difusión, las formas de crearla, producirla, presentarla. Pero lo más relevante tiene que ver con esta suerte de reencuentro con la identidad realmente popular que siempre tuvo la música popular chilena y que se perdió en la dictadura, donde hubo que ‘construir identidad’, a partir de la oposición del otro. Es decir, los admiradores de cierto género en particular no dialogaban o más bien se enfrentaban con los que sonaban distinto. Rockeros versus folclóricos, baladistas versus estrellas del pop y así. Imagino la discoteca de un chileno medio en los 60, solo como ejemplo. Es muy probable que tuviera un disco de cueca, otro de rock, quizás uno de onda disco y otro de la Nueva Ola. Lo que quiero decir, es que siento que la música popular chilena siempre tuvo esa amplitud, que se perdió en la época mencionada, y que siento se está recuperando para bien sin prejuicios de estilo, de clase o ideológicos”.
– ¿Cómo conviven hoy en la música chilena artistas tan diversos? “Quizás conviven poco y ese es un tema muy de fondo. Soy de los que cree que la música chilena necesita puentes. Por eso cantaron Manuel García y Américo en el lanzamiento del libro. Porque quería simbolizar en esa colaboración lo que también refleja el libro: la diversidad. Tenía la sensación de que la historia de la música chilena, al menos en términos bibliográficos, se había hecho parceladamente. Es decir, analizando ciertas épocas y ciertos estilos. Ese libro deliberadamente quiso ver la música popular chilena como un todo, más allá de los géneros o tiempos. El punto en común es tan sencillo como contundente, creo yo: son todos hijos de esta tierra y pueden contar lo que ha significado ser músico en Chile”.
– ¿Por qué en Chile no hay el debido respeto a la música nacional?
“Es un tema que supera largamente lo que uno como observador de la música chilena pueda explicar. Yo no comparto las teorías del chaqueteo u otras que pretenden instalar la idea de que uno como “comunicado” está llamado a “apoyar” la música chilena. Por lo pronto, eso de ‘apoyar’ siempre me ha parecido confuso. Como si la música chilena fuera coja y hubiera que ayudarla, pasarle un bastón, cuidar de ella. Creo más bien en el aporte desde el lugar que uno ocupa, en mi caso, el de las comunicaciones. Ahora sí es sorprendente el nivel de virulencia que a veces se le escucha al chileno a la hora de hablar de sus músicos. Algo que no pasa con los de afuera. Es curioso y quizás viene de esa vieja creencia, de ciertos nombres de la industria, de que a la música chilena le falta algo. O que somos menos que nuestros vecinos. Francamente, creo que eso viene de la ignorancia. Una que, humildemente, libros como éste busca revertir”.
– ¿A su criterio cuáles han sido los artistas que más han marcado la música chilena?
“Puede ser un largo debate, pero creo que la historia no se equivoca: Violeta Parra, Los Jaivas, Francisco Flores del Campo, Congreso, Vicente Bianchi, Cecilia, Los Prisioneros, Víctor Jara, Los Blops”.
– ¿El artista chileno tiene proyección internacional?
“Lo que uno escucha habitualmente sobre los músicos chilenos es que hay mucho talento, pero que les toca desarrollarse en un mercado muy pequeño como el nuestro. Eso es algo común desde hace décadas: la sensación de que acá todo cuesta. De que no se vende lo suficiente como para costear una carrera. Menos pensar en proyectar algo afuera. Los ejemplos recientes de internacionalización vienen más bien de músicos que a pulso han establecido lazos con el extranjero. Es también da cuenta de cómo ha cambiado la música en el país”.