El antiguo vecino magallánico Luis Traba dio a conocer a Diario El Pingüino uno de aquellos hechos que se conocen como dramas de la vida real. En otras circunstancias quizás no habría venido al diario, pero la angustia que le produce la situación que enfrenta desde hace varios años, lo llevó a tomar la decisión de hacerla pública, con el único objetivo de que quien dice ser su hijo corrija la situación.
Sin duda es un drama que muchos magallánicos han conocido, han vivido o aún viven: el de las paternidades no reconocidas oportunamente o aquellas que les fueron atribuidas por razones que sólo conocen quienes las ejecutaron o maquinaron. Por cierto, su caso no es inédito. Cada cierto tiempo este tipo de situaciones afloran y en no pocas oportunidades terminan en tribunales, ya sea para solicitar la nulidad de la inscripción o bien para exigir una prueba científica que certifique la paternidad o la desmienta.
La historia del angustiado vecino comienza en mayo de 1968, cuando las barricadas ardían en París y Erik Cohn – Bendit estaba en la cresta de la ola de la Revolución de Mayo, haciendo temblar al gobierno y al sistema francés desde las universidades y los barrios obreros.
Ese mes, Luis Traba y su pareja contrajeron matrimonio y, al poco tiempo, nació un hijo.
Todo anduvo bien por un tiempo, y aquello de que “hasta que la muerte los separe” quedó atrás, porque fue la vida la que los separó a fines de octubre del año 1974.
Ambos dejaron de compartir sus sueños y cada cual siguió por su lado, aunque legalmente seguían casados, porque sólo existían las nulidades y la ley de divorcio estaba lejos, aún por las estrellas.
En este caminar por la vida, entre 1990 y 1991, la maternidad visitó a su antigua esposa y trajo al mundo a un nuevo hijo, el que fue inscrito con el apellido del ex marido, del cual estaba separada de hecho.
El padre de ese niño vive actualmente fuera de Magallanes, “en Santiago, dicen”, agregó Luis Traba, y por esa razón arrastra este drama de la vida real. “Exijo no ser el padre legal de un hijo que no es mío”, clama con desesperación e indica que, al no haberse enterado de la inscripción y uso de su apellido, siente que “me pasaron un gol de media cancha”.
Arguye que, finalmente, el año 2007 logró divorciarse de su primera esposa y quedó estampada en el acta de divorcio la declaración bajo juramento que ese joven que hoy lleva su apellido, era hijo de otro padre.
Luego, Traba se casó nuevamente y formó otra familia. Hoy reitera que no quiere causar daño alguno a una persona a la que le impusieron su apellido y que si éste desea seguir usándolo, que lo haga, pero que corrija legalmente la singular situación, porque, de alguna manera, afecta a su nueva familia ya por largos años y quiere poner fin a un proceso de daño moral, de acuerdo con lo que le dijera, en su oportunidad, una abogada de Punta Arenas, ya que el hijo que no es hijo ya es mayor de edad.