Joya de la relojería mundial “da la hora” en Punta Arenas

Apenas unos pocos visitantes chilenos y extranjeros que recorren Punta
Arenas, han sido vistos observando una verdadera joya pública de la relojería
mundial.

Es que el reloj instalado a un costado de la plazoleta que está en el
inicio de la Avenida Independencia, prácticamente frente a uno de los accesos
al Muelle Prat, “da la hora” y otros datos, sin llamar demasiado la atención de
los transeúntes que van y vienen por la Costanera.

La historia del reloj se remonta al 6 de mayo de 1912, o sea, ya la
decisión de las autoridades de la época tiene más de un siglo.

En esa fecha, la Junta de Alcaldes decidió invertir una suma
considerable para la época –3 mil marcos alemanes aún hoy no es una cifra
menor– y adquirir ese reloj, toda una maravilla de la técnica de esos años, que
sobrevive desafiando las inclemencias de un clima duro como el magallánico.

El 9 de diciembre de 1913, recoge la historia citadina local, gracias
a los conocimientos  de dos relojeros
avecindados en Punta Arenas- Misol y Dübrock – fue instalado frente al entonces
llamado “Muelle Verde”, el cual prestaba los servicios marítimos portuarios de
una ciudad en pleno desarrollo y que constituía el acceso mayor a la Patagonia
chileno – argentina, antes de la apertura y puesta en funciones del canal de
Panamá.

Y el reloj no era una joya pequeña.

Hasta hoy conserva sus tres metros de altura; dos de sus caras tienen
números romanos y las otras dos, números árabes, esos mismos que muchos relojes
despertadores a cuerda también llevan o llevaban, hasta ser desplazados por los
números digitales.

Pero eso no es todo: el reloj puede dar las fechas de la luna;
contiene los signos del Zodíaco; puede medir temperaturas máximas y mínimas;
determinar las fases de la luna y, obviamente, dar la hora.

Sin embargo, esta joya de la relojería mundial ha tenido lo que podría
llamarse “una historia difícil”, ya que después de que se terminaran las
operaciones del “Muelle Verde”, fue llevada hasta su ubicación actual y sufrió
daños severos.

Sólo a partir del año 1967 y con el valioso aporte del ya fallecido
relojero Arnoldo Díaz, pudo ser sometido a una serie de reparaciones que le
devolvieron el abolengo que nunca debió haber perdido.

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