El
dolor, la desesperación, la lucha diaria, pero también la fragilidad de
un sistema que parece ser indiferente con su responsabilidad, quedan
patentes con el drama que enfrenta una vecina magallánica.
Es
la realidad de Rosa Sánchez, una mujer de 57 años, quien comparte su
sufrimiento, el de ver cómo la vida se le escapa sin que a nadie, salvo
sus cercanos, pareciera importarle.
Esposa,
madre, abuela, dice vivir un verdadero “calvario” por las enfermedades
que le aquejan y por las cuales no sólo no ha recibido apoyo médico
alguno, sino que, por el contrario, una verdadera sentencia.
Sus
problemas se remontan hace más de una década, parte señalando en su
vivienda de la Villa Alfredo Lorca, sector norponiente de Punta Arenas.
En silla de ruedas, con movilidad limitada y rodeada de sus compañeros
incondicionales (sus gatos), comparte un desgarrador testimonio: “Tengo
muchas patologías. Con
papeles puedo demostrar problemas en los riñones que me hacen requerir
diálisis, úlceras varicosas con resultado de pioderma gangrenoso con
diagnóstico de cáncer a la piel, anemia, e incontinencia urinaria que
hace que tenga que usar pañales día y noche”.
Son
16 años de sufrimiento, dice entre lágrimas, de un deteriorado estado
de salud que se ve agravado más luego de que en los últimos meses le
detectaran fibromialgia. Aquello la devastó, sumergiéndola en una
ansiedad y depresión severa.
Apoyo médico
“Me cerraron las puertas hace un año”. Así de tajante reacciona Rosa Sánchez cuando se le consulta por apoyo médico: “En el Cesfam Mateo Bencur y el Hospital Clínico de Magallanes dicen
que soy una persona desahuciada y que no tengo derecho a atención
médica, a pesar que necesito constantemente curaciones producto de mi
gangrena, que día a día va en aumento. Muchas veces me sangra tanto rato
(la pierna) que se me ha provocado una anemia severa; además ahora me
detectaron fibromialgia, lo que me produce unos dolores insoportables”.
En cuanto al apoyo familiar, destaca que
su esposo, hijas y nietos son su gran apoyo constante, “él es quien
trabaja y trae el sustento a la casa, quien compra mis pañales, los
materiales para realizar curaciones y, además, paga una deuda de 13
millones de pesos en el banco producto de las diversas deudas que se han
arrastrado durante todos estos años por mi condición”.
Luego
de una pausa, que deja en evidencia su tristeza, entre lágrimas dice
que su único deseo es que “ojalá algún médico especialista me diga a mí y
mi familia que no tengo mejoría. Estoy cansada, pero al menos eso nos
daría tranquilidad a todos”.