Miguelito, como le dicen con cariño y respeto sus compañeras y compañeros de trabajo en la Envasadora Aysén, está calificado como una persona muy puntual, enamorado de su trabajo, al que hay que convencerlo de que debe tomarse vacaciones y que “sabe mucho de muchas cosas”.
Miguel Arenas Paillacar nació, de acuerdo con su privilegiada memoria, el 22 de septiembre de 1994; su madre se llama Sandra Paillacar y tiene tres hermanas, Ingrid, Sandra y Dayana.
“Estudié en la escuela Pedro Pablo Lemaitre y, después, en el Liceo María Behety”, contó Miguel, con una sonrisa.
Hace cuatro años, tiene lo que se podría llamar ”un equipo de madrina y padrinos”, cuyo primer obsequio fue un empleo en la envasadora “Aysén”, la que distribuye las apetecidas nueces, pasas, maníes y otros frutos secos en Punta Arenas.
Ese cuarteto cariñoso, comprensivo y que hace de la inclusión una norma de vida que viene ya desde agosto de 1988, lo integran Mario Rabanal Canto, su esposa, Magdalena Fica, y sus hijos Alejandro y Oliver, quienes han dado vida a una empresa regional que entrega, desde hace largos años, los perfumes y sabores de los frutos secos, en la cual también se desempeñan otras cuatro personas con capacidades diferentes, pero igualmente eficientes y trabajadores.
Miguel lo sabe y cumple sus tareas “enamorado de la perfección”.
En forma metódica, con expresión de alegría, escuchando la música que a él le gusta y alterándose (“a veces hasta las lágrimas”) cuando le cambian la radio.
“Yo nací cuando moría Kurt Cobain, el de Nirvana”, dijo con una sonrisa este joven que superó los problemas del bullyng por su forma de ser, la cual le ha permitido desarrollar un conocimiento de muchas materias, de ser “una bala para sacar cuentas, multiplicando, sumando o restando”, afirmaron Oliver y Alejandro, quienes no ocultan el cariño que le profesan, como todos quienes envasan productos en el establecimiento de calle Rómulo Correa casi al llegar a la Avenida Frei Ruiz Tagle.
“Llega media hora antes del inicio del horario de trabajo. Se moviliza solo y aquí se le ve y se le siente cómodo”, aseguraron Mario y Magdalena, confirmando lo dicho por sus hijos Alejandro y Oliver.
Y así, en medio de los gratos olores de las nueces, de las pasas, de las almendras, del ají en pulpa, del romero, del orégano y tantos otros productos de la envasadora Aysén, transcurre la vida de Miguel, un joven autista, de corazón grande; una mirada transparente y el gesto amable que denotan que su alma “no tiene medias suelas”.
Es que allí, en esa planta envasadora, donde la inclusión es una realidad desde hace varias décadas y como afirmó un apreciado sacerdote de Punta Arenas, “el bien no hace ruido; el ruido no hace bien”.
Y eso lo saben muy bien Miguel, María, Mario, Magdalena y sus hijos Alejandro y Oliver, discretos, con bajo perfil, cariñosos con los demás miembros de la familia, una grande y hermosa familia, (“con el recuerdo del tío José, que hoy vive en Santiago”) a la cual, con una sonrisa cada día, se ha integrado Miguel, un autista que ha logrado superar su condición con el cariño, la comprensión y la admiración de todos quienes le conocen.