El pan de Pascua, el “cola de mono” y las espigas de trigo recuerdan, de inmediato, las fiestas de fines de año.
No
sólo la del Nacimiento de Jesús y la de Navidad, sino que, también, las
que dan la bienvenida al Año Nuevo, o sea, para muchos, en la última
semana de diciembre se da el recuerdo de la cristiandad y culmina con
los fuegos artificiales con algo de paganismo.
Pero, es la condición humana que tiene algo de santo y algo del lado oscuro de la fuerza.
Desde Ushuaia
María
Elena Oyarzún nació en la ciudad argentina de Ushuaia, pero desde
pequeña reside en Punta Arenas, en la cual formó familia y se dedica a
la pastelería y a la gastronomía, puesto que es maestra de cocina.
“Desde
hace años hago pan de Pascua, sin fines comerciales. Se los regalo a
mis familiares y a mis amigos, que no son pocos y ese pan lo hago con mi
propia receta: harina necesaria para un kilo, dos huevos, una
cucharadita de bicarbonato, otra de levadura, azúcar a gusto y a amasar
se ha dicho. Después, vienen las pasas Corinto y sultaninas, es decir,
morenas y rubias, las nueces, medio vasito de ron y un almíbar suave
que, al cabo de unos 40 minutos en el horno, a fuego lento, me permiten
llevar a la mesa un kilo de pan. Claro eso es ya en la Nochebuena, pero
el trabajo de preparación de los ingredientes demanda un par de días de
trabajo previos y, como toque
personal incluyo algo de Nescafé, clavito de olor y canela, pero mis
secretos quedan hasta aquí, no más. Me han dicho que queda rico, liviano
y se acompaña con vasitos de cola de mono, con vino Chardonnay, muy
frío y en vaso largo o con jugo o gaseosa para los más pequeños”,
manifestó María Elena Oyarzún.
Sabor magallánico
En
el corazón de Barrio Sur, en una pastelería y panadería que lleva el
nombre de una hija, María Contreras Rodríguez y Óscar Vargas Naranjo,
empiezan a fabricar su pan de Pascua un par de semanas antes de Navidad,
“casi terminando noviembre”, explican sonriendo porque la demanda es
alta.
“Nuestro
pan de Pascua lleva harina de buena calidad, pasas nueces, maní, frutas
confitadas, algo de ron y el secreto es nuestro, pero nos felicitan por
el resultado final”, explicaron María Contreras Rodríguez y Óscar
Vargas Naranjo.
Y
recuerdan que hace 40 años, residían y trabajaban en el sector del
paradero 30 del Camilo Troncal que une Valparaíso con Quilpué, Villa
Alemana, Peñablanca y Limache “y una de nuestras hijas se casó con un
marino que se vino a Punta Arenas por cinco años. Vinimos a verla y nos
gustó tanto que llevamos cuarenta años haciendo pan, pasteles y, a fines
de año, nuestro pan de Pascua. Ah, y la hija que vinimos a ver, regresó al norte, pero nosotros nos quedamos y estamos felices”.
Espigas de trigo
Una
de las cábalas que manejan los amantes de las supersticiones para
recibir la Navidad y, principalmente, al Año Nuevo, son la compra de
espigas de trigo.
Claudio
Inostroza, por estos días, divide la fritura de sopaipillas que realiza
a diario, con la venta de espigas de trigo, con granos duros y el color
propio del tan noble cereal.
“Cada
espiga lleva la imagen de un santo o de una santa y los compradores
determinan cuál se llevan en las manos: si la espiga con la imagen de
Santa Teresa de Los Andes, del Padre Hurtado, de San Pío, ellos lo
eligen”, explicó Inostroza, con un ramo de espigas “santas” en sus
manos.
“Estas
espigas se adquieren en la zona central de Chile, una vez que los
trigales han madurado y desde allí llegan a Punta Arenas y, creo yo, a
otras partes de nuestro país y permiten llamar a la prosperidad, a la
fortuna, a la paz en las familias. Es que no hay que olvidar que del
trigo sale la harina no sólo para nuestro pan de cada día”, afirmó
Inostroza.
El licor
Cada persona, cada familia, tiene su propia receta para la preparación del muy chileno y tradicional cola de mono.
Una
de ellas es la llamada “una por cinco” o “una por tres”, o sea, un
litro de aguardiente, generalmente de Doñihue, por tres o cinco litros
de leche hervida, por cierto, con palitos de canela y café a gusto.
Dicen que todo se bate a mano y se va probando la dulzura de la mezcla hasta que el fechor del bebestible lo dejé a punto.
Se
embotella y se deja enfriar en el refrigerador, no en el congelador,
porque hay experiencias negativas con ese uso, ya que el contenido se
endurece y un helado de leche con sabor a aguardiente es poco saludable.
Se
sirve, bien frío, en copa o vaso ”según la niña” porque es consumido,
de preferencia, por las representantes del sexo que cada día ya no es
tan débil.
Algunos
“siúticos”, como se decía hace unos años, aludían a este bebestible con
la singular denominación de “rabo de mico” o “cola de primate” que, en
exceso, les provocaban “una mona” o los dejaban en brazos de un
“gorila”.
El
dicho, según la cultura popular, atribuye la denominación a que el
preparado se embotellaba, generalmente, en una botella del otrora famoso
“Anís del Mono”, cuya imagen corporativa, era, precisamente, uno de los
ancestros del ser humano, según Charles Darwin.
Pero
que un pedacito de Pan de Pascua acompañado con un vaso de cola de mono
es una imagen de fines de año más que tradicional en Chile y en
Magallanes, por supuesto.