Las condiciones de aquellos que viajaron en la expedición de Magallanes y Elcano

Las
hazañas de aquellos hombres de mar no se entienden si no conocemos las
circunstancias y motivaciones que los lanzaban hacia lo desconocido.

Al
cruzar el Atlántico dejaban tras de sí el terruño, la familia, el mundo
conocido, pero también la pobreza, las deudas, el hambre o un mal amor.
Querían también, trascender más allá de las fronteras del tiempo,
conseguir la fama y la gloria, perseguir la aventura, acometer grandes
hazañas que quedarían para siempre plasmadas en un escudo de armas, en
una merced real, en la memoria de los descendientes.

Estaban
dotados de un temple y una voluntad prodigiosos, aunque por momentos
podemos dudar de la honradez y rectitud de muchos de ellos.

La
vida en el mar no era una opción confortable, lujosa, segura o cómoda
como podríamos imaginar. No existía el despliegue de confort y
entretenimiento variado, casinos, restaurantes de todo tipo, albercas,
gimnasios, teatros, tiendas y un largo etcétera para matar el tiempo.

Tampoco baños, ni regaderas. No. La vida en los barcos en el siglo XVI era terriblemente incómoda, dura y peligrosa.

¿Quiénes
eran aquellos hombres? Gallegos, vascos, andaluces, castellanos,
portugueses, griegos, franceses y lombardos entre otros. Había un
capitán que era la máxima autoridad a bordo en aspectos militares,
políticos y de justicia, como Magallanes. En cuando a la navegación, la
responsabilidad era del maestre y del piloto que era un auxiliar, el
contramaestre era el jefe de la marinería y el calafate el encargado de
las reparaciones.

Iban
a bordo también un religioso, un barbero, un despensero encargado de
los alimentos y un carpintero. Entre los marineros, la escala más baja
era ocupada por los pajes, niños huérfanos o vendidos por sus padres o
acompañándolos, de entre 6 y 11 años, que llevaban a cabo las faenas más
duras, cada media hora daban la vuelta a los relojes de arena para
medir el tiempo y cantaban las horas para mostrar a sus compañeros al
otro extremo de cubierta que no se habían quedado dormidos, ayudaban en
la cocina y la limpieza en general. Los seguían los grumetes, de entre
12 y 17 años aproximadamente que iban recibiendo mayores
responsabilidades; después venían los marineros más experimentados que
por lo general habían pasado antes por el mismo entrenamiento.


Para ser un buen marinero había que criarse en un barco, en las
inclemencias del ambiente, a punta de golpes y acostumbrarse a tres
cosas: el hambre, el peligro y la ausencia de mujeres, a las que estaba
terminantemente prohibido embarcar a menos que fuesen pasajeras.

La comida y la bebida estaban siempre racionadas.

No
había refrigeración, por lo tanto, la carne, tasajo y embutidos debían
ir curtidos con sal para prolongar el mayor tiempo posible su
conservación, sin embargo, esa preparación acarreaba el lamentable
efecto de provocar una sed espantosa.

El agua se almacenaba en barriles de madera por lo que después de cierto tiempo se llenaba de moho y se pudría.

El
bizcocho, indispensable en la dieta de los marineros era en realidad un
pan que se horneaba dos veces para secarlo y endurecerlo. Esa misma
sequedad provocaba que después de cierto tiempo se fuera desmoronando
hasta convertirse en una especie de polvo imposible de comer.

No
se embarcaban productos frescos o perecederos como frutas y verduras
que duraban tan solo unos pocos días en buen estado; en cambio, las
leguminosas como lentejas y garbanzos duraban un poco más. También se
embarcaban un par de vacas para obtener leche y algunos cerdos para la
carne, con los que había que compartir también el espacio para comer y
dormir, pero que no sobrevivían demasiado tiempo a bordo.

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