La
Antártica debe ser uno de los lugares más prístinos del planeta, pero
también de los más agrestes. Las investigaciones polares son siempre
complicadas, ya que la gran mayoría de las veces se requiere de una
coordinada logística para acceder a sitios remotos. La colaboración
entre países y científicos es una de las claves para efectuar este tipo
de trabajos enfocados en su gran mayoría en el cambio climático y sus
consecuencias en todo el planeta.
La
doctora Cecilia Pérez, luego de casi 40 años de investigación se acoge
a jubilación, no sin antes resaltar la importancia de la colaboración
científica y la perseverancia. La doctora Pérez es licenciada en
Biología de la Universidad de Valparaíso y obtuvo su doctorado en
Ciencias con mención en Biología, Universidad de Chile (1991) y en la
Universidad de Trier, Alemania (1985-1988). Actualmente, trabaja como
investigadora asociada al Instituto de Ecología y Biodiversidad.
– ¿Qué investigaciones ha realizado en el último tiempo?
“Por
tres años me he dedicado a estudiar el desarrollo de los ecosistemas
terrestres en la isla Rey Jorge de la Antártica marítima, enfocando mi
investigación en cómo se ve afectado el ciclo del nitrógeno con el
cambio global y a través del tiempo geológico, desde hace 12 mil años a
la actualidad”.
“El
proyecto ‘La evolución del ciclo del nitrógeno en cronosecuencias bajo
cambio climático: la evidencia de la Antártica marítima’, financiado por
Inach, lo estamos realizando en colaboración con los investigadores
doctor Juan Carlos Aravena de la Universidad de Magallanes, y el doctor
Mincheol Kim, del Instituto Coreano de Investigación Polar (Kopri por
sus siglas en inglés)”.
– ¿Cómo fue ir a la Antártica por primera vez?
“Fue
en 2012 con el proyecto ‘El rol de las costras biológicas del suelo
como fuentes de nitrógeno en suelos no-ornitogénicos en las islas
Shetland del Sur, península Antártica’. Tuvimos la suerte del primerizo,
con un año de mucho sol y agradables temperaturas, una bienvenida a la
belleza tan especial de ese paisaje. Su inmensidad, quietud, la gran
diversidad de paisajes, tales como paleoplayas, valles y lagos
proglaciares, nunataks, suelos
de patrones de polígonos y las muestras de fósiles de plantas que
evidencian la presencia de bosques australes durante el terciario. Fue
una gran impresión, elementos del paisaje que se me presentaron por
primera vez y que solo conocía desde la literatura. También fue como una
primera vez en el año 2015, cuando tuve la oportunidad, gracias a
Inach, de viajar al glaciar Unión, cuyo paisaje me remontó a la época
glacial del estrecho de Magallanes,
pero caminando en los cerros de repente entre las grietas de las rocas
con agua y protegidas. Se hace evidente la biósfera en su pleno
resplandor. Todo eso es la Antártica para mí”.
– ¿Cuáles son las grandes diferencias de hacer investigación en el continente y en la Antártica?
“La
gran ventaja que ofrece la Antártica, especialmente para alguien
interesado en el desarrollo de los ecosistemas en el tiempo, es que a
bajas altitudes sobre el nivel del mar uno encuentra los sustratos o
sedimentos muy recientemente expuestos y libres de hielo desde solo un
par de años atrás. Entonces ahí uno puede estudiar cómo se originó la
biota y las funciones que ellas cumplen para dar origen a los
ecosistemas más antiguos. Esta condición prístina y original es más
difícil de encontrar en el continente, o tienes que subir muchos cerros
de difícil acceso. En pocas palabras, el cambio global se experimenta en
forma muy evidente”.
– También se accidentó…
“Fue
en febrero del 2020 en la península Barton. Íbamos caminando por una
ladera rocosa y con algo de pendiente, cuando de repente al pisar sobre
una roca, esta desestabilizó una enorme roca adyacente que me cayó en el
pie derecho. Hasta ahí no mas llegué. La roca no la pudieron mover mis
dos ayudantes, pero finalmente sacando algunas rocas más pequeñas por
alrededor logramos hacer un espacio para poder sacarme el bototo y así
aflojar y sacar el pie. En la base coreana me sacaron una radiografía
que mostró que tenía una fractura de la tibia distal, por lo que fue
necesario entablillar. Pero gracias a la celeridad de ellos y a las
gestiones del jefe de la base Escudero, pude ser evacuada al día
siguiente en un avión Hércules brasileño”.
–¿Cómo fue haber ido a Antártica en su última expedición y en la pandemia?
“Fue
una experiencia única sellando mi última expedición ECA. Las necesarias
y múltiples medidas que tuvimos que adoptar nos permitieron cumplir con
el cronograma planificado para la expedición ECA 57. Una vez allá igual
estaba presente la probabilidad
(aunque extremadamente minimizada) que en cualquier momento la
expedición llegaría hasta ahí no más, por alguna azarosa jugada del
Covid-19. Sin embargo, pudimos comprobar que ante esa adversidad surgió
la colaboración, la solidaridad, el compañerismo y el apoyo mutuo,
sacando adelante nuestros objetivos. Todo esto lo experimentamos día a
día en la planificación y las salidas a terreno, e incluso el día cuando
cocinamos juntos. Sin duda, fue una tarea gigantesca que asumió Inach y
les estoy agradecida por darme la oportunidad de participar en esta
expedición”.
– ¿Y las nuevas generaciones de investigadores?
“Mi
impresión es que el deseo por el conocimiento de la naturaleza ha ido
en incremento. He visto manifiesta su capacidad de asombro cuando se
enfrentan a un nuevo entorno. Asimismo demuestran un alto grado de
compromiso por contribuir a dar solución a las problemáticas ambientales
involucradas en el cambio global. También he observado que han sabido
aprovechar las oportunidades de enfrentar los desafíos en adquirir el
conocimiento de nuevas tecnologías que han contribuido al avance de la
ciencia. Pienso que con ellos se posicionará la ciencia para avanzar en
el desarrollo del país”.