Los innumerables recuerdos de una mujer magallánica que cumplió 105 años

Clara, precisa y concisa. Lúcida y aún ágil, con ganas de seguir viviendo, así está Blanca Rosa Sánchez González.  El miércoles cumplió 105 años, rodeada del cariño de sus familiares que llegaron a Punta Arenas desde Río Gallegos y 28 de Noviembre y de varios sectores de Punta Arenas.
“Nunca pensé que iba a vivir hasta los ciento cinco años”, dijo Blanca Rosa Sánchez González al recibir la visita de Diario El Pingüino.
Cuando cumplió un siglo de vida, se reunió la totalidad de la familia, recordó José, el hijo que vive con ella, el que comparte su vida y se da tiempo para atenderla y pasarle el teléfono “porque la están llamado casi todos los días”.
“Nací en Achao, allá en Chiloé, por el año 1911 y llegamos a Punta Arenas, a la casa de un tío que vivía en el Cerro de La Cruz, por entonces, Cerro de las Siembras, por ese tiempo en que se produjo el incendio de la Federación Obrera, pero no recuerdo mucho porque yo era chiquita”, manifestó la mujer.
Blanca Rosa continuó con el relato: “Después, vivimos en el Pasaje Robles; luego, mi padre compró un terreno, aquí en lo que hoy es España con Miraflores. Éramos un puñadito de gente. Todo esto era monte, bosque, con harto calafate y costaba llegar al centro, si es que se podía llamar así a esa parte de Punta Arenas”, agregó, mientras la nostalgia y los recuerdos parecieron mojarle la mirada.
“Fui a la Escuela 12. Éramos ocho alumnos y estaba en calle Paraguaya, entre Chiloé y Talca (hoy, Armando Sanhueza); después, fui a la Escuela 7 y, después, al Colegio María Auxiliadora”, agregó.
Luego vendría su primer matrimonio. Y éste dejó paso, a su segundo enlace con Juan Andrade Alvarado, de quien enviudó hace 26 años.
Recordó que los inviernos de antes eran crudos, con mucha nieve, con mucha escarcha, con mucha lluvia y con harto frío “y no como los de ahora”.
Ha visto crecer el Barrio Sur – “está muy bonito” y la ciudad, igual – la Población Fitz Roy y sus amistades persisten, aunque muchas de las que podrían haber tenido su edad ya no están.
Y recordó también a las familias Cárdenas, Segovia, Ugarte, a su vecina Carmen Chávez y, en forma especial, a la señora Raquel Aedo Vivar, estrechamente vinculada a la comunidad cristiana de base que, cada domingo por medio viene hasta la casa y le trae la comunión y, también el recuerdo de sor Luisa, una religiosa de las Hermanitas de los Pobres desde hace décadas.
Su marido fue esquilador. Trabajaba en esa faena y en Río Grande es recordado todavía y con mucho cariño porque era un hombre bueno.
María, Mercedes y José, tres de sus hijos, y otros familiares, la abrazaron y no pudieron ocultar su alegría y sus emociones al apretar, delicadamente, a Blanca Rosa, cuyas manos blancas se aprecian bien cuidadas.
Tan bien cuidadas como el corte de pelo y “la manito de gato” que su amiga Marina Ainol le dio en la mañana del miércoles, porque ella es su peluquera particular y que se da el tiempo necesario para esa cariñosa tarea, sin abandonar a quienes llegan a “Señora Tita”, su propia peluquería.
Epílogo.
“Nuestra madre siempre ha estado presente. Siempre junto a nosotros, sus hijas e hijos. Nos dio cariño y lo que pudo entregarnos, lo hizo con amor y estamos felices por haberla tenido y por tenerla aún a nuestro lado, junto a nuestras familias y sin problemas de salud, lúcida, alegre y, pese a su edad, ágil todavía. Ha sido un regalo de Dios”, dijo.
Y María, Mercedes y José, antes de que sus palabras y sentimientos se queden en la garganta apretada por la emoción y las lágrimas le bañen la cara, la rodean, la abrazan, junto a otros familiares, y se funden en un abrazo muy especial.
Claro, porque son afortunados al tener cerca  e impecable, a su madre y su ciento años de cariño, de cuidados y de recuerdos de una infancia que transcurrió en medio de los calafates, del bosque y de las canchas del Barrio Sur de Punta Arenas.

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