Juan y Johanna, de 15 y 14 años, respectivamente, viven en uno de los departamentos de los edificio de la Población “Archipiélago de Chiloé” de Punta Arenas y deben desayunar poco después de las seis y media de la madrugada para salir a tomar un bus Movigas de la Línea 8 o de la Línea 6 para llegar a tiempo a los liceos donde estudian.
Deben luchar, a las siete de la madrugada, contra otros estudiantes, muchos de ellos amigos y conocidos que corren por un cupo en alguno de los buses Movigas.
Claudio y Ximena, de la misma edad, hacen lo mismo, pero al otro extremo de la ciudad porque ni sus padres ni los de Juan y Johanna tienen auto con el cual ir a dejarlos a sus establecimientos educacionales.
Es que la locomoción colectiva no presta un servicio óptimo en las primeras horas de la mañana de cada día, porque o temen llevar sólo a estudiantes o el número de colectiveros esforzados y que cumplen su tarea con responsabilidad ha empezado a escasear.
La escena se repite en el Barrio 18 de Septiembre; en la Villa Lorca, en la Población Aves Australes, en Playa Norte y hasta en Villa Las Nieves.
El problema se agudiza para las madres de niños y niñas más pequeños que estudian en colegios básicos o en jardines infantiles que no están, precisamente, cerca de sus hogares.
Se les puede ver en las avenidas Martínez de Aldunate, en la avenida Canal Chacao, en Salesianos, en Manuel Aguilar, en Pedro Bórquez, sumadas a estudiantes, oficinistas que trabajan en el centro o en los servicios públicos o de personas que tienen que salir temprano a realizar algún trámite, de esos que nunca faltan por hacer.
El “horario de la ausencia” de la locomoción colectiva empieza minutos antes de las siete de la madrugada y se prolonga por largos cuarenta, cincuenta y hasta sesenta minutos.
Los colectivos son escasos, muchas líneas simplemente no circulan y los pocos taxis colectivos que lo hacen, van llenos y, en cuanto pueden, sus conductores “pegan la cortada” y retornan por más pasajeros, pero los que esperan movilización en las rutas de ida, por ejemplo, en el Barrio Prat o Villa Los Españoles “quedamos a pata”, explica un matrimonio que esperaba ir a la clínica y que reside en calle Badajoz.
Los que se cansan de esperar, deciden irse a pie – “a patita, no más”, dijo Manuel, un maestro de la construcción que termina una “pega” en el Barrio Sur – y que decidió bajar por Independencia con su bolso de herramientas y su colación a la espalda.
“Es que nadie controla. Ni los fiscalizadores de la Secretaría de Transportes, son las quejas de la gente.
Ni los dirigentes de las líneas de colectivos.
Carabineros está cumpliendo otras labores y entre ellas no está el controlar si los colectiveros salieron a trabajar o no lo hicieron.
¿Y no son un servicio de utilidad pública?
¿Es que no hay una dotación mínima obligatoria?
Dudas y preguntas de los usuarios que no parecen tener respuestas satisfactorias de parte de los responsables, aunque se espera que, en un sobrehumano esfuerzo de eficiencia, logren mejorar el sistema.
Ah, y tampoco se puede llamar un radiotaxi, porque las máquinas disponibles en ese servicio, tan extendido en la capital de la Patagonia, deben cumplir con las exigencias de los pasajeros protegidos por convenios o contratos.
Y muchos peatones suspiran recordando los tiempos en que la locomoción colectiva no presentaba esos problemas, porque aunque tosiendo, las micros C y D y los colectivos Pony daban abasto para trasladas a los viajeros.
Que había menos gente, cierto. Que la demanda era menor, también, pero nadie puede negar que siempre estaban y cumplían su misión: servir a la gente que salía temprano al trabajo o al estudio.