Omora: relaciones quebradas entre gestores, comunidad y autoridades de gobierno

Omora es la denominación en lengua yagana del picaflor rubí, la especie de colibrí más austral del mundo. Y ese es precisamente el nombre que escogió un grupo de académicos ligados a la Universidad de Magallanes (UMAG) y a otros centros de estudios nacionales e internacionales para un parque etnobotánico y una fundación que -según la información pública existente-  lleva adelante actividades de investigación científica, educación y conservación biocultural en la austral localidad de Puerto Williams.
Hasta ahí todo bien, salvo que tras 16 años desde que empezara a funcionar, la pequeña comunidad de Williams ha levantado la voz por lo que creen es un trato demasiado deferente del Estado hacia una institución privada, en desmedro de las demandas históricas básicas de terrenos, viviendas y otras que les han sido negadas o postergadas por las autoridades.
Los antiguos residentes manifiestan, a quien quiera escucharlos, que Omora es un mundo aparte, escasamente integrado al devenir isleño y que poco o nada ha contribuido al crecimiento armónico de la comunidad. Es más, denuncian que lentamente ha ido ocupando grandes extensiones de terrenos cedidos por el Fisco para sus fines.

Hermetismo
Como suele ocurrir con algunas iniciativas que se realizan en territorio nacional, el hermetismo que las rodea es tal, que son más conocidas en el extranjero que a nivel local. Es lo que ocurrió durante años con los parques que creara el fallecido empresario ambientalista estadounidense Douglas Tompkins, quien también fue señalado por las comunidades como un gran acaparador de terrenos y poco receptivo con las necesidades de la población.
Algo de eso sucede con la Fundación Omora y su parque etnobotánico, que son conocidos globalmente y suelen aparecer con cierta frecuencia en publicaciones internacionales o en medios de circulación nacional. Es probable que su estrategia comunicacional apunte precisamente a eso, a un receptor extranjero, más sensible al ecoambientalismo que los lugareños, quienes están inmersos en un día a día con necesidades inmediatas que resolver y que los afectan directamente en su quehacer cotidiano. Como bien dicen, no pueden esperar que pasen varias generaciones para que sus problemas sean atendidos por las autoridades. Con ese punto de partida, las relaciones son tirantes, sensibles y lejanas.
En las casi dos décadas de existencia del proyecto, los residentes de Williams manifiestan que poco o nada se han beneficiado ellos con el crecimiento visible de la iniciativa científica y turística. Nada de lo que allí ocurre les resulta cercano.
Por el contrario, en ese lapso -según se consigna en la edición del 27 de septiembre de 2016 de El Mercurio-  “la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos, en el extremo austral del país, es desde hoy uno de los ‘Top 100 Destinos Sustentables 2016’ del planeta. Un reconocimiento internacional para aquellas regiones del mundo que destacan por su biodiversidad y por llevar a cabo esfuerzos para ofrecer un turismo más respetuoso con el medio ambiente”.
Y agrega que “la reserva considera una superficie de 5 millones de hectáreas, tanto marinas como terrestres, en las cuales se incluyen tres parques nacionales, entre ellos el Alberto de Agostini, al sur de Punta Arenas, y el Cabo de Hornos, vecino a Puerto Williams y el más austral del planeta”.

(Nota completa del periodista José Benítez en suplemento Análisis, Diario El Pingüino)

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