El trayecto a
recorrer tiene un kilómetro y medio; se extiende en medio de bosques y
coironales y consta de 18 estaciones, con reconstrucciones de lo que comenzó en
la región más austral hace ya 12 mil años.
En cada una de
esas estaciones, los guías y los visitantes del singular parque étnico e
histórico construido en el fundo San Fernando, distante unos 42 kilómetros al
sur de Punta Arenas, en la ruta a Fuerte Bulnes y al Cabo Froward, aprecian los
detalles de la cultura de dos razas originarias extinguidas , pero cuyas
tradiciones persisten.
Es que los
tehuelches dejaron su impronta en las costumbres de los hombres del campo
magallánico, como el dominio de sus caballos en las faenas diarias o en sus
perros, debidamente entrenados y obedientes como ellos solos.
Tampoco se ha
perdido del todo la herencia de los kaweskar, pueblo canoero por excelencia,
expertos en vivir del mar y sus productos, en la construcción de embarcaciones
capaces de desafiar las siempre peligrosas aguas australes y con un
conocimiento incomparable de los secretos de los canales australes, de sus
bahías, de sus mejores fondeaderos y la ubicación de los bancos de mariscos o
de las rocas e islotes donde descansaban los lobos marinos.
A partir de un
proyecto que data de hace un par de años, y que tiene su base en un
emprendimiento de la familia del empresario Fernando Ruiz, los visitantes
retroceden en el tiempo y, con el apoyo de un versado guía y las
reconstrucciones de los toldos tehuelches, conocen sus formas de vida, sus
tradiciones, incluso religiosas, heredadas de sus “Ken Keus”, palabras que en
el idioma original de los tehuelches significa “antepasados”.
Los toldos
montados sobre armazones de ramas, atados con tendones de los guanacos cazados
con boleadoras y perros; sus fogatas, sus vestimentas y atuendos, han sido
recreados para que los turistas conozcan esa cultura ancestral y se empapen de
ella y la valoren aún más, lamentando que haya perdido el desigual combate con
la llamada civilización que vino del norte de Chile o de Argentina.
A orillas del río
Canelo, árbol que abunda en las inmediaciones y que no sólo los mapuche
consideraban sagrado, porque sus propiedades contra el escorbuto fueron
conocidas por los navegantes europeos acosados por la falta de vitaminas que el
canelo sí posee, se recrea la vida de los canoeros, de los kawéskar.
En ese sitio
puede apreciarse cómo estos aborígenes lograban cazar animales marinos; cómo
construían sus canoas para proseguir sus singladuras remotas y cómo sus mujeres
tejían canastillos con juncos, tradición que aún perdura y se mantiene en las
hábiles manos de sus descendientes.
Ha sido una
inversión que supera levemente los 100 millones de pesos, porque hasta se han
hecho esculturas que recrean a quienes ya no están en estas tierras, que antes
de la llegada de los conquistadores fueron suyas, pero ese sólo hecho parece
darles vida para solaz de los visitantes, con el arte y la magia de la
creatividad del artesano magallánico Tulio Fideli.
Un reciente
programa de televisión adelantó la recomendación de Pingüino Multimedia que
señalaba que ese parque étnico, histórico, literario y mágico es uno de los
muchos lugares magallánico.