Tras 67 años Lavandería Monterrey cerró ayer sus puertas para siempre

Justo
hace ya lejanos cien años, en los confines de la Patagonia, pero al
otro lado de la frontera imaginaria que la divide entre Chile y la
Argentina, nacía Eleodoro Miranda, cuya esforzada, pero fructífera vida
le haría ir y venir por el Cono Sur de América recorriendo enormes
distancias para finalmente encontrar su hogar a orillas del Estrecho de
Magallanes. Nacido en la típica familia criolla argentina que se había
ido a probar suerte como tantos otros a la remota Tierra del Fuego.

Eran tiempos difíciles, no solo aquí en el extremo sur del mundo, sino que para toda la humanidad.

La
familia de Eleodoro era gente de esfuerzo, a la que no le sobraba nada y
que luchaba por subsistir en un entorno duro, agreste y frío. Fue
entonces que desde muy joven comenzó a trabajar como esquilador de
ovejas y a recorrer la Patagonia yendo de estancia en estancia para
ganarse la vida y poder no solo sostenerse a sí mismo, sino que
contribuir en el hogar. Finalmente, se asentó un tiempo en la Estancia
Sara, en las cercanías de Río Grande, y allí se convirtió en tasador de
lana.

Meses
después, fue enviado a un curso de perfeccionamiento a Buenos Aires, y
allí fue donde literalmente tuvo la idea que le cambiaría la vida.


Lo que había tras la puerta

Eleodoro
se percató que desde una de las puertas del hotel en que se alojaba,
salían ingentes cantidades de ropa, toda limpia, reluciente y
pulcramente doblada. Como buen comerciante innato de espíritu inquieto,
fue a averiguar de qué se
trataba
y qué era lo que ocurría detrás de aquella puerta. Entonces se encontró
con algo que en esos tiempos en América del Sur solamente existía en
las grandes metrópolis con hoteles de cierto nivel, como Santiago o la
propia Buenos Aires: Una lavandería en seco. Sin entender muy bien
todavía cómo funcionaba el tema, el joven arriesgó todo lo que tenía y
no dudó en encargar a Dinamarca un primer grupo de maquinarias. Nueve
meses después estaban desembarcadas en la ciudad que Eleodoro había
estipulado como destino final, y que sería en la que él proseguiría no
solamente con sus aventuras empresariales, sino con su proyecto de vida:
Punta Arenas.

Ése
fue el germen de lo que acabó siendo la Lavandería Monterrey,
emprendimiento, que ayer tras 67 años de historia como negocio de Punta
Arenas, cerró sus puertas de manera oficial y definitiva.

Pasado
el mediodía, sus familiares organizaron un cóctel para los clientes y
prensa local. Pero este emprendimiento ubicado en calle Mejicana 621, no
solo marcó la vida urbana de Punta Arenas, sino también por supuesto la
de la familia de don Eleodoro.

Toda una vida

“Yo
abrí los ojos y casi que lo primero que vi fue una lavadora” rememora
Mauricio Miranda, hijo del fundador y quien tras su muerte tomó la
s
riendas de la empresa. “Muchos de los trabajadores que estuvieron con
nosotros hasta el final, también me vieron nacer”, sentencia nostálgico.

Y
es que, efectivamente, buena parte de la plantilla del negocio estaba
conformada por trabajadores que hicieron su vida ahí en la empresa, y
que acompañaron durante años no solamente la trayectoria vital de la
Lavandería Monterrey, sino que también la de la familia Miranda.

Frente
a eso Mauricio no puede esconder su pena, y emocionado les agradeció
todo lo que entregaron en lo laboral y en lo personal.

Cambio de rubro

En
el cierre, estuvo presente el alcalde Claudio Radonich, extrabajadores y
clientes de la empresa magallánica, que a partir de abril cambiará de
rubro.

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