Un negocio que sirve a los vecinos y estrecha amistades

Blas Gabriel Cortés García vino desde Viña del Mar, “viví en el Barrio Santa Inés con mi abuelita Rosario Uribe Riquelme, una mujer como pocas; trabajé en una distribuidora de diversos productos que por las mañanas vendía y por las tarde entregaba, cambiando de traje para cumplir con el trabajo”, contó orgulloso.
Pero su sueño era ser marino, vestir el uniforme azul de la Armada de Chile y con el apoyo de muchas personas, para quienes guarda un recuerdo agradecido, logró su meta y, al cabo de un tiempo, fue parte de la dotación del Servicio de Faros.
Estuvo en los del Estrecho de Magallanes -Félix, Evangelistas- y al cabo de 23 años (“una vida que pasó muy rápido”) volvió a tierra y desde hace más de diez años atiende a los vecinos del Barrio Croata, al alero del cartel luminoso que, al comienzo, se llamaba El Faro, pero que ahora lleva el nombre de Comercial 263.
“Por el aluvión sufrimos viendo cómo los vecinos eran afectados por ese fenómeno, pero a nosotros, que estamos en un altito del terreno, no nos pasó nada, pero fue doloroso ver que vecinos, amigos nuestros, perdían las mejoras que habían hecho a sus viviendas y cuando se reciben esos golpes, tan sorpresivos, sabemos lo que cuesta salir adelante”, dijo Blas Cortés.
“Aquí atendemos a los vecinos, con todos somos amigos y los surtimos de abarrotes a ellos y a los pasajeros de tantos hostales que hay por aquí y le agradecemos a los argentinos que vienen”, sonrió.
“Pero nos apena ver a tantas personas, de las más diversas edades, convertidos en “zombies” que llegan hasta el local a comprar y de aquí parten a la Costanera. Menos mal que ha habido pocos accidentes, pero que hay zombies, los hay”, agregó.
Su jornada de trabajo empieza a las siete y media de la mañana y, a veces, se prolonga hasta más allá de la medianoche cuando, con su esposa, una hija y una nieta, deben atender la botillería de propiedad de su hijo y “esos ingresos son siempre bienvenidos” y filosofa diciendo que una gotita de agua es capaz de formar una poza grande.
“Vendemos de todo”
Nathaniel Díaz Vargas vino de Chiloé hace casi cincuenta años y trabajó, por largos años, en el Hotel Cabo de Hornos, cumpliendo diversas y sacrificadas tareas, pero que le permitieron juntar los ahorros necesarios para levantar su casa, en calle Caupolicán, casi frente al Pasaje Lota, y formar su familia con su esposa y dos hijos.
“Aquí, en el almacén Caupolicán, vendemos de todo y a todos: pan, papas, harina, pollos, hamburguesas, leche, mantequilla, licores, vino y lo que los vecinos y clientes soliciten”, dijo mientras mostraba congeladores y estantes bien surtidos.
“Los vecinos son nuestros mejores clientes y tenemos muchos amigos entre ellos, pero vendemos sólo al contado, para no tener problemas de ningún tipo”, dijo mientras contabas las monedas que Miguel, uno de sus clientes más jóvenes, extendía sobre el mostrador y aseguraba una bolsa con papas.
“Sí, tengo horario de trabajo, abro a las 9.15 y atendemos hasta las 21.30 horas, con un ritmo menos intenso los fines de semana”, afirmó Nathaniel, y recordando, de paso, a antiguos clientes “de esos que siguen siendo los mismos de cuando vivían por aquí cerca y que no han cambiado, aunque ya no sean vecinos del barrio”.
“Nuestro esfuerzo”
“Mi marido, finalmente, aceptó un buen consejo de uno de sus patrones, don René Eduardo Kinzel, dueño de una bodega que distribuye frutos del país, desde papas hasta queso, huevos y tantas cosas más en la Población El Pingüino, y nos instalamos con este almacén, adecuando nuestra vivienda para eso, claro que no tenemos living comedor, pero ya nos vamos a ampliar”, dijo a nuestro diario Patricia Ojeda Villarroel, quien junto a su marido, Luis Muñoz Ojeda, dieron vida y atienden el almacén Cony, situado en la calle Jorge Sharp Corona 2862, en pleno corazón de la Población Nelda Panicucci.
Luis es un hombre “trabajólico”, dijo su esposa, que no se queda en la cama cuando sabe que el trabajo lo espera y mientras “él trabaja, yo atiendo el almacén, pero no vendemos ni licor ni cigarros, pero sí pan, papas, abarrotes, conservas, mantequilla y bebidas”, dijo Patricia con satisfacción, porque se nota que están bien “apertrechados”, con sus estantes bien surtidos y en ambos cónyuges, las sonrisas de un esfuerzo conjunto y con amor hasta para convidar.
“Un poquito, otro poquito y otro poquito, hacen un montoncito y un montoncito y otro y otro, hacen uno más grande. Y eso nos va permitir educar a nuestros tres hijos (de 23, 18 y 12 años, los dos primeros varones), porque queremos que sean más que nosotros”, afirmaron Patricia y Luis.
“Los vecinos vienen, compran lo que necesitan y conversamos harto, porque yo también soy buena para conversar y los años que llevamos aquí, tenemos buenos vecinos, buenos clientes y buenos amigos”, dijo Patricia.
Tienen horario de atención continuada (“o sea, siempre atendemos”) desde las diez de la mañana y hasta las diez de la noche, con una sonrisa franca y gestos amables y que “si un vecino nos pide que le ayudemos con su compra, lo ayudamos o lo acompañamos hasta su casa si está cerca”.
Y así, con esfuerzo, dedicación, sonrisas y buen trato, este matrimonio sirve a sus vecinos y se prepara para enfrentar su futuro y el de sus hijos en mejores condiciones.
Historias de almacén
Historias similares o parecidas a las de decenas y decenas de almacenes de barrios y poblaciones, “bolichitos”, depósitos de licores, de papas, de carbón, de leña, algunos con discretas “clínicas” para enfermos de fines de semana o de bohemios de mitad de semana o de maestros de la construcción, que requieren “una cañita” de vino o una cervecita para componer la que llevan a cuestas.
Modestos, discretos, serviciales, con el legítimo sobreprecio en algunos productos, pero ese es el necesario impuesto por el sólo hecho de estar ahí, siempre cerca de todos los que, muchas veces, carecemos del tiempo necesario para ir al “súper” por una bebida o un kilito de pan que se nos olvidó comprar.

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