Escaños reservados: más allá del acuerdo político

El pasado martes en la sala del Senado aprobamos, por unanimidad, la reforma constitucional que establece los escaños reservados para pueblos originarios en la Convención Constitucional, donde también se promueve la participación de personas con discapacidad. La votación fue el resultado de un acuerdo político transversal, que es lo que nuestro país tanto necesita en estos tiempos.

En concreto, se reservan diecisiete escaños, repartidos de la siguiente manera, en función del número proporcional de cada etnia: Mapuche (7 escaños); Aymara (2); Atacameño (1); Colla (1); Quechua (1); Rapa Nui (1); Yámana o Yaganes (1); Diaguita (1); Chango (1); y Kawashkar (1). Sin duda, se trató de un hecho histórico que permite cumplir con un compromiso político que no fue fácil de resolver y que, sobre todo, marca una mirada de futuro en relación al debate que haremos como país.

Es evidente que nuestra actual Constitución no reconoce a nuestros pueblos originarios y que esa deuda histórica debe ser resuelta, por lo que garantizar su representación en el debate constituyente que asumiremos es de vital importancia para hacerlo no “para” ellos, sino que “con” ellos. Esta distinción no es un mero detalle, sino que marca el principio de un verdadero nuevo trato con quienes, por su origen indígena, han estado invisibilizados y permitirá, a su vez, incorporar una cosmovisión que es imprescindible para construir el sueño común del país que queremos.

Nuestra nueva constitución es una oportunidad para dar un salto en nuestra concepción de desarrollo y avanzar en una mejor comprensión del bienestar, de la llamada “vida buena”, dejando atrás prejuicios y miradas excluyentes. Tal como lo relata la experiencia del reconocido científico Charles Darwin y la influencia de su encuentro con los pueblos originarios de Tierra del Fuego en la madurez de su pensamiento crítico. El reputado naturalista inglés se refirió a nuestros pueblos originarios, en específico a los yaganes, de manera despectiva, calificándolos como seres similares a las bestias. “Nunca vi criaturas más miserables. Sus cuerpos eran raquíticos, casi desnudos, y sus horrendas caras estaban embadurnadas con pintura blanca”, fueron algunas de sus impresiones.

Cómo cambió su percepción Darwin cuando descubrió la riqueza del lenguaje Yagán, cuando conoció una cosmovisión que contenía normas éticas esenciales para sobrevivir en un ambiente tan riguroso, la noción de hogar, y emociones y conductas que daban cuenta de atributos universales de los seres humanos. Fue la madurez del pensamiento crítico y autocrítico, a partir de su encuentro con nuestros pueblos originarios, lo que permitió a Darwin un salto cualitativo para la comprensión de nuestra especie y el desarrollo de la teoría de la evolución.

Más allá del acuerdo político y la cantidad de escaños, la inclusión de nuestros pueblos originarios en la construcción de nuestra nueva carta fundamental es un signo de madurez, de entendimiento, de encuentro entre cosmovisiones que esperamos pueda marcar el inicio de un nuevo ciclo en nuestra sociedad, un valor que guíe la construcción de la casa común que nos cobije a todos y que no sólo reconozca, sino que también se enorgullezca del aporte de sus pueblos originarios. Ojalá hoy pudiera estar físicamente con nosotros nuestra querida Ester Edén o el querido Martín González (en ellos representados tantos y tantas), para abrazarlos y decirles que su legado y el de su pueblo, por fin tendrá el sitio que se merece.

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