No cabe duda que hace rato, o al menos desde la elección presidencial 2017, que José Antonio Kast se convirtió en un actor de cuidado para el oficialismo. Sí, tal y como usted lee: porque mientras la oposición aún no encuentra su espacio de convergencia, menos de unidad, el denominado “JAK” se ha convertido en un dolor de cabeza para el actual gobierno, toda vez que representa un sector ideológico – político que no necesariamente representa los valores y principios de una derecha liberal, reconciliada con el ethos de la democracia. Y aunque JAK está lejos de ser el equivalente a un Bolsonaro en Brasil sus opciones de llegar a la presidencia no son tan descabelladas, avalado por el mismo fenómeno social que hoy lo tiene posicionado en el tercer lugar de las preferencias, por detrás de Beatriz Sánchez y Joaquín Lavín. Y este fenómeno no es otro que la desilusión, la desconfianza y el descontento social – ciudadano. Porque si algo ha quedado demostrado, tras el segundo mandato de Bachelet con la Nueva Mayoría y el actual segundo mandato de Piñera con Chile Vamos, la percepción general es que el país no avanza, no progresa y la denominada clase política sigue dando un triste y deleznable espectáculo cada día, semana a semana. Sin ir más lejos, y partir de los aplausos que generó el anuncio en la reciente cuenta pública, la disminución en el número de diputados y senadores dejó en evidencia que no se trata de cantidad sino de calidad. Porque seamos honestos: muchos de nuestros actuales congresistas, percibiendo remuneraciones obscenas para su desempeño, no debieran (por dignidad) ni siquiera presentarse a una reelección. Pero no tenga duda, no lo van a desilusionar: varios estarán nuevamente en la papeleta el 2021. Pero volvamos a JAK, esta suerte de Capitán América “made in Chile” que se alza como un estandarte en materia de probidad y buenas prácticas. Su principal capital político no radica en él, ni en su equipo ni en su proyecto político: mientras más embarradas siga cometiendo el gobierno, sumado a una oposición que no tiene brecha moral para opinar, mayores serán sus posibilidades de acrecentar su liderazgo. Esto, sí y sólo sí, alguno de sus adherentes no se ve involucrado en actos irregulares, o a lo menos cuestionables, que pongan en entredicho esta “prueba de blancura” a la cual José Antonio está invitando al resto del espectro político, sabiendo que él tiene el piso para poder hacerlo… más no sabemos si así el resto de sus colaboradores. Porque bastará sólo una caída, por más mínima que sea, para que la crisis social sea total y el manto de incertidumbre sea el mandante en un ecosistema político que no resiste más estupideces ni mediocridades. Porque, como vemos, el resultado de esto es el crecimiento y surgimiento de los extremos quienes, más aún ante la orfandad del centro político incapaz de articularse, tienen el camino allanado para hacer de las suyas, incluyendo demagogias populistas propias de sirenas, que no necesariamente atraigan o seduzcan al electorado. Pero, no quedando de otra y sabiendo que alguien debe gobernar, apoyarán nuevamente la apuesta menos mala. Lo anterior, que duda cabe, no implica que el descontento, la desconfianza y la desilusión hayan quedado en el olvido: es sólo una exhibición manifiesta de que, para la ciudadanía, en realidad da lo mismo quien gobierne porque nada va a cambiar o mejorar. Lo que no pueden olvidar los simpatizantes de José Antonio es que su candidato hoy está de moda. Veremos si tiene el fuelle necesario para llegar hasta el final y su entorno está a la altura del desafío sin olvidar un aspecto no menor: toda escoba nueva barre bien al principio, pero luego se vuelve una más de tantas y necesitamos reemplazarla por una mejor.