En la actualidad, la denominada Crisis Climática es sólo parte de una mayor y más compleja trama de situaciones graves y decisivas que podemos catalogar como “Crisis Ambiental”.
Esta es una gran colectora de una serie de circunstancias negativas que están adornando a la sociedad humana del Siglo XXI, que se expresa por colectivos emergentes de todas las clases posibles, incluyendo las etarias. La “crisis climática” es parte de ella, así como lo es la crisis de las migraciones, del hambre y de las guerras con ejemplos dramáticos en todo el planeta, la crisis de las jubilaciones y de una sociedad que envejece drásticamente y que surge una vez más en nuestro país, la crisis de la salud y de la educación, la crisis de los pueblos originarios, la crisis económica global, la crisis de la disponibilidad de agua para mantener procesos productivos claves en el país, la crisis energética, entre tantas otras crisis.
Lo importante del apelativo “ambiental” es que posibilita la inclusión del individuo humano en un modo integral con respecto a sus pares, al resto de las especies, y lo incluye, además, en cada proceso social y político que ocurra o no en su entorno inmediato. Incluso si su presencia se da en un modo pasivo o de indiferencia, entendiendo que nada de lo que dejemos de hacer puede ser considerado como neutro, sin valor, sin efectos. Por el contrario. Por lo tanto, el aspecto climático debe ser analizado en un contexto no lineal, dentro de un marco que contenga más elementos para la discusión y análisis y que incluya, además, variables que están siendo dejadas de lado en la discusión general, tales como los efectos del crecimiento de la población humana, las crecientes desigualdades sociales, o las posibles consecuencias de lograr o al menos de avanzar hacia un real desarrollo sostenible. Estas variables han sido objeto de frecuentes y colectivos llamados de atención y no se pueden considerar, en ningún caso, como algo novedoso en el gran escenario de las crisis que nos mantienen preocupados y preocupadas.
Las crisis que ponen en peligro el desarrollo de los procesos socio-culturales de la humanidad, han sido advertidas desde prácticamente sus orígenes. Es evidente que, queramos o no, estamos conectados a una red global, múltiple e interactiva, tal que cada una de nuestras actitudes y acciones, o la prescindencia de ellas, con capaces de generar algún efecto sistémico, aunque sea mínimo. Es el momento clave para la promoción de comportamientos éticos que impidan el deterioro de las relaciones humanas producto de un desarrollo centrado solo en el crecimiento y que pongan freno al avance de nuevas olas de intolerancia derivadas de las crisis que nos aquejan. La Tolerancia es una virtud ética y social que caracteriza a las sociedades pluralistas y democráticas y, a su vez, permite la justa expresión del pensamiento y el ejercicio concreto de la libertad de conciencia. Se constituye entonces en un elemento clave para el esperado diálogo que realmente profundice y no banalice los elementos que están en juego en la Crisis Ambiental por la que estamos atravesando. Y es especialmente relevante en un mundo contingente, diverso, inestable e indeterminado.