La República es una forma de organización del Estado, que implica la participación política activa de los ciudadanos, la división de poderes, la concreción de la justicia y la búsqueda del bien común. El ejercicio del gobierno recae sobre una o varias personas, elegidas mediante voto popular o parlamentario, por periodos de tiempo limitados, para representar los intereses de los ciudadanos y para generar un equilibrio que asegure la libertad, la justicia y la igualdad. En consecuencia y siendo en esencia un constructo humano, el desarrollo, construcción y muchas veces reconstrucción de la República, requiere la presencia indispensable de valores y aspectos éticos, necesarios para todo lo que importe y aporte progreso y realización humana, para la gente y para el país. Para la masonería chilena, lo fundante de la República es la radicación del poder en la soberanía del pueblo y la existencia de una institucionalidad capaz de comprendernos a todos. Nuestro actual convivir diario y republicano, el personal, el de la familia y el de la comunidad, se está dando dentro de una sociedad cada vez más global, desligada y liquida, en un ambiente cada vez más saturado y automatizado y con una profusión evidente y simultánea de información real y falaz. La evidente complejización de las relaciones sociales y el aumento de fenómenos socio-culturales que alteran y remueven el orden público, requieren profundizar y revalorizar todo lo concerniente a los fundamentos republicanos y a las actitudes cívicas, de tal forma que sea posible promover con fuerza una organización social basada en la conciencia de lo personal y de lo público y que deberá desenvolverse en un espacio social en el cual todos tengamos un lugar y un tiempo para contribuir con nuestros deberes y con nuestros derechos. Pare avanzar en ello, pensamos que se requiere, más que nunca, Tolerancia y Fraternidad. Ambas son virtudes nobles, que aportan la necesaria armonía no solo a las interacciones sociales, sino que también al sistema normativo que forja permanentemente una sociedad. Traen aparejadas, además, formas éticas que hablan de diálogo, caridad, solidaridad, prudencia y rectitud. De esta manera, con tolerancia y fraternidad se apela no solo a los derechos individuales, sino que también a los deberes para con los otros, cuidando en todo lo posible que el interés personal no sobrepase el interés general. Ambas virtudes contribuyen, desde su aparente sencillez, a la construcción y fortalecimiento de la República, a la necesaria creación de identidad colectiva para ello, y a la difusión de un patrón de virtudes que son valoradas positivamente por la gente. Para desarrollar tanto la Tolerancia como la Fraternidad en nuestro propio quehacer, cotidiano y sencillo, pero capaz de generar incalculables procesos de cambio social, requerimos al menos una conciencia activa, que nos permita definir sin ambiciones quienes somos realmente, tener una disposición absolutamente abierta para el cambio que nos permita liberarnos de la domesticación, y finalmente el deseo íntimo de intentar en cada momento que la trasformación sea posible.