¿Perdón? ¿Cuánto me dijo? Si, había escuchado bien, la extracción de la maldita muela de juicio me había costado no sólo noches de dolor, gasto en medicamento, también el pagarle al dentista 80 mil pesos (más de $ 10 mil por el presupuesto). Y más encima dicen que esta muela no sirve para nada y un amigo se ríe diciendo que “tú, ¿juicio?, de dónde”.
En medio del dolor, la idea era informarme acerca de ante qué me estaba enfrentando. Hay que conocer al enemigo dicen. Y claro, internet, libros y entendidos eranlas mejores herramientas. Ver una intervención (extracción) no fue una buena idea, menos cuando me vengo a enterar que aquellas muelas feas y hasta mutantes se enquistan y empujan a los demás dientes causando mucho dolor.
Lo mejor fue un reportaje que da cuenta de una investigación de médicos australianos. Éste menciona que nuestros ancestros los homínidos (homininos, técnicamente) sí que tenían un buen tercer molar: hasta cuatro veces mayor que el nuestro, y con una superficie plana obviamente adaptada para masticar. Que esa obra magna de la naturaleza se corrompiera hasta producir nuestra muela del juicio nunca se ha entendido muy bien, aunque no han escaseado las hipótesis hechas a medida para explicarlo, siempre a partir de la evolución de la especie.
En 207, la bióloga del desarrollo Kathryn Kavanagh, de la Universidad de Massachusetts en Dartmouth, propuso un modelo teórico del desarrollo de la dentición en los mamíferos. Se basaba en datos obtenidos en ratones, y explicaba esos resultados, que eran bastante complicados, con un modelo simple de “inhibición en cascada”: cuando un diente se desarrolla, emite señales activadoras o represoras sobre su vecindad, y la proporción entre ambas señales determina el tamaño de los dientes vecinos.
Los australianos fueron más allá, extendiendo el modelo a los homínidos. La investigación revela que el modelo de inhibición en cascada de Kavanagh puede explicar la degeneración del tercer molar de los australopitecos hasta la modesta y molesta muela del juicio que abruma al Homo Sapiens.
En los homínidos más primitivos –los más próximos al chimpancé, como los ardipitecos, australopitecos y parantropos-, la variación en el tamaño y las formas relativas de los molares es una mera función de la posición: las muelas tienden a crecer más en la parte posterior de la boca, lo que causa el gigantismo del tercer molar, y las proporciones entre unas y otras muelas son constantes, sin que importe el tamaño general de la dentadura en su conjunto.
Pero, hace un par de millones de años, con el surgimiento de nuestro género (Homo), las reglas generales cambiaron ligeramente: los tamaños relativos de las muelas empezaron a depender del tamaño total de la dentadura. Eso hizo que la reducción del tamaño total de la dentadura, que es propia de la modernidad evolutiva, causara una reducción desproporcionada del tercer molar. Esto es la muela del juicio explicada por un mecanismo general, que no tiene que postular cosas muy raras para que el tercer molar se haya convertido en un feo enemigo.
Si entendió poco lo anterior, poco y nada importa comparado con el dolor. Y ojo (aunque debiera decir diente), hablamos de 4 muelas del juicio, aunque no siempre aparecen todas e incluso nunca. ¿Y por qué del nombre?, porque aparecen entre los 17 y 20 años, donde, se supone, que “tenemos juicio”.