¿Cómo llega Argentina a la primera vuelta de las elecciones presidenciales?

Argentina celebra la primera vuelta de las elecciones para elegir al sucesor del peronista Alberto Fernández. Aunque también se dirimen gobernaciones, 130 diputados nacionales, un tercio del Senado y miembros del Parlasur, los ojos están puestos en quién será el líder de una nación cuya estabilidad ha tambaleado en los últimos diez años.

Si bien el punto de inflexión de la actual crisis se registró durante el gobierno del conservador Mauricio Macri con el préstamo del Fondo Monetario Internacional por una suma de 50.000 millones de dólares –cifra récord hasta ese momento para el organismo–, la administración de Alberto y Cristina Fernández estuvo lejos de aliviar la situación económica.

Aunque desde el oficialismo alegan que la pandemia del Covid-19, la guerra en Ucrania y la peor sequía de la historia a principios de 2023 propiciaron este contexto, lejos está de ser una respuesta que satisfaga a la población.

Con más de un 40 % de pobres (casi 20 millones de ciudadanos), una inflación interanual próxima al 140 % y una tasa de cambio de dólar de más de 900 pesos argentinos, la sociedad argentina demostró su desencanto con la política al marcar una abstención del 31 % en las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO).

Las circunstancias, sobre todo para la clase trabajadora, no son las mejores. La inflación y el alza constante de precios hacen que llegar a fin de mes sea una misión de subsistencia para no caer debajo de la línea de pobreza.

La existencia del cepo para adquirir dólares a precio oficial – el tope de adquisición mensual es de 200 dólares– es otro factor del aumento. Esto obliga a los productores a buscar en el mercado ilegal el “dólar blue” para traer insumos provenientes del exterior, lo que encarece paso a paso la cadena de suministros o, incluso, la interrumpe.

La inestabilidad del peso local erosionó paulatinamente la paciencia de la ciudadanía, que vive en una incertidumbre. Esto, sumado a la alta carga impositiva y la falta de reacción política llevó al hartazgo con el oficialismo y su predecesor, Juntos por el Cambio.

Con un declive profundo del macrismo en los últimos meses, el ascenso del candidato Javier Milei lo posicionó como el mejor opcionado. A pesar de sus frases rimbombantes, su personalidad polémica y los miembros controvertidos que conforman el espacio, la justificación de su popularidad responde a la lógica: el desencanto civil con la política tradicional.

La Libertad Avanza, el movimiento de Milei, apareció en escena como una alternativa válida que capitalizó la frustración de los trabajadores, las ansias de progreso de los jóvenes –un “target” desatendido por el macrismo y el peronismo- y la promesa de acabar con los vicios de la “casta política”, como los denomina el “León”.

Si bien Milei ha captado votos de distintas franjas etarias y estatus sociales, indistintamente de si son de Buenos Aires o del Interior del país (de hecho, sin ningún gobernador en el poder conquistó 16 de 24 jurisdicciones), su principal fuerza se encuentra en los menores de 35 años, donde tiene una intención de voto superior al 30%, números superiores a los de cualquier otro espacio en todas las segmentaciones por edad.

Milei concentró su estrategia en capitalizar la frustración de la franja joven a través de una sólida campaña en redes sociales y no por los medios tradicionales, como los “spots” televisivos. El líder libertario explicó que ese método era menos costoso y que le aseguraba llegar a los dispositivos de millones de personas irremediablemente.

El apoyo entre los votantes juveniles se fundamenta en que sus políticas (la reducción de la intervención estatal, el libre mercado y la remoción de la carga impositiva) ataca a las problemáticas que más preocupan a ese segmento de la población.

La popularidad de Milei también se extendió a sectores donde los planes de la plataforma de campaña de La Libertad Avanza no favorecen sus intereses, como Tierra del Fuego. 

El peronismo y el macrismo, gobernabilidad o reconfiguración obligatoria

La primera vuelta dejará una marca en uno de los dos colosos políticos que pujaban por el poder en Argentina. Con Milei casi asegurado para un eventual balotaje –desde el bloque libertario incluso muestran confianza de ganar la Presidencia sin segunda ronda-, uno de los dos, ‘Unión por la Patria’ o ‘Juntos por el Cambio’, quedará fuera de circulación.

Con dificultades para representar al electorado, inclusive el núcleo propio de cada partido, el derrotado quedará al abismo de una discusión interna para reformularse. En ese sentido, el que peor panorama presenta es el macrismo.

La coalición que llevó a Macri al poder en 2015 ha mostrado resquebrajamientos casi irreversibles. No solo en el seno interno (la guerra dialéctica entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta en las PASO fue un símbolo de eso), sino también por los bloques que acompañaron los últimos años, como la ancestral Unión Cívica Radical.

La interna en la Ciudad de Buenos Aires en la que finalmente se impuso Jorge Macri –primo del expresidente- sobre el radical Martín Lousteau fue otra muestra de las diferencias entre los fundadores del espacio y los aliados que han aportado aparato político en el interior del país, incluyendo gobernadores provinciales, diputados y senadores.

Para el peronismo la discusión es similar. Luego de la salida de Cristina Fernández, el kirchnerismo tuvo una severa falta de representatividad con su electorado, sin figuras de peso que den el paso adelante, obligando a una búsqueda de consenso que derivó en la candidatura de Sergio Massa y Agustín Rossi, un binomio que sembró dudas en la militancia ‘K’ y no seduce al peronismo tradicional. 

(France 24).

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