La
campaña de represión contra las minorías étnicas que el Gobierno chino
efectúa en la región de Xinjiang, en el noroeste del país, no solo se
refleja en los campos de concentración de la zona, que aglutinan a un
millón de personas aproximadamente -la mayor concentración de presos por
motivos étnicos desde la II Guerra Mundial-, sino también en su cruel
política de separación familiar.
Este efecto, informó Europa Press, se
percibe en países como Kazajistán, donde han tenido que huir miles de
chinos de etnia kazaja para escapar de estos campos donde han acabado
muchos de sus familiares.
Uno
de ellos es el adolescente Aibulan Bajitnur, de 13 años y el mayor de
tres hermanos a los que tiene que cuidar después de que su madre quedara
atrapada en China cuando las autoridades le confiscaron sus documentos.
La mujer cruzó la frontera para acudir al funeral de un familiar, y
nunca regresó. Su padre, Bajitnur Zhunis, no puede dejarlos solos.
La
última vez los niños causaron un incendio sin querer al dejar una tetera
sobre la brasa. El pequeño Uligman, de siete años, tiene una cicatriz
de recuerdo en su frente. Dado que su padre les ha prohibido volver a
calentar nada en casa, los niños viven ateridos de frío, y no hay cena
que espere a Bajitnur al llegar del trabajo. “Nuestras vidas han
cambiado mucho”, reconoce Abibulan, “y ha sido muy difícil”. Esta época
del año es una etapa especialmente dura, dado que se está celebrando el
Año Nuevo chino. Miles de familias lo están celebrando como pueden,
apartadas de sus familiares.
Medidas excepcionales
A
finales del año pasado, el Gobierno de la región china de Xinjiang,
ubicada en el extremo noroccidental del país, insertó finalmente en sus
leyes contra el extremismo nuevas cláusulas que prescriben el uso de
“centros de entrenamiento” para “educar y transformar” a quienes se
hayan visto influenciados por ideas radicales, publicando al fin una
práctica que llevan años manteniendo de manera extraoficial.
“Los
gobiernos por encima del nivel local pueden establecer organizaciones
de educación y transformación y departamentos de supervisión como
centros de entrenamiento vocacionales para educar y transformar a la
gente que ha sido influida por el extremismo”, reza una de las nuevas
cláusulas.
Por otro lado, el Gobierno de la capital regional, Urumqi,
puso en marcha una campaña contra los productos halal para frenar la
penetración islámica en China. Así, “las cosas que son halal en realidad
no podrán ser halal”. “Amigo, no necesitas encontrar un restaurante
halal”, reza el título de un ensayo del fiscal jefe de Urumqi, Ilshat
Osman. En los casos más extremos, las
autoridades justifican su existencia como una medida de contención
contra el extremismo religioso y el terrorismo separatista.
En un último
intento de limpiar su imagen, China ofreció un “tour” por estos lugares
para diplomáticos orientales y algunas agencias de noticias. En estas
visitas, los prisioneros salían al paso de los visitantes cantando
alegres canciones sobre su renuncia a “pensamientos extremistas”, en lo
que fue denunciado por varias ONG como una parodia.
La ONU y diversas
ONG consideran que la política de separación -así como la de
internamiento- ocurre por motivos absolutamente arbitrarios, desde
viajar al extranjero hasta demostrar en público sus creencias
musulmanas, pasando por llevar instalado WhatsApp, prohibido en China,
en sus teléfonos móviles. La consecuencia inmediata es el trauma, como
indica el profesor de Historia de la universidad de Georgetown, James
Millward, quien avisa que se está llevando a cabo una “política de
transformación de pensamiento forzada” entre las minorías.