Nos
encontramos a pocos días de recordar un año más de la partida de doña
Lucía Godoy Alcayaga, más conocida como Gabriela Mistral, cuya muerte se
produjo el día 10 de enero del año 1957, hito que remeció a la
literatura y poesía latinoamericana. A más de sesenta años de su
fallecimiento, la literaria continúa siendo una figura de controversia,
historia y memoria para nuestro país, por tanto, mi columna de la semana
se titula; “10 de Enero de 1957”.
Primero,
Lucila Godoy Alcayaga nació el 7 de abril de 1889 en el Valle de Elqui
del norte chileno. El Director del Instituto de Historia de la
Universidad San Sebastián, el PhD Alejandro San Francisco, refiere de
manera sobria y panorámica la figura de Gabriela Mistral de la siguiente
manera: “La vocación inicial de la joven elquina fue ser profesora,
labor que ejerció primero en La Serena, en Las Compañías, y luego en la
Cantera, cerca de Coquimbo. Tuvo momentos de alegría y también
desilusiones en su labor magisterial; posteriormente se marchó a seguir
enseñando, en Santiago, en Temuco –donde le prestaba libros a un joven
llamado Neftalí Reyes Basoalto, el futuro Pablo Neruda– y a Punta
Arenas. De esa experiencia docente nos han quedado muchas reflexiones
sobre la enseñanza, sobre la educación chilena y sobre la vocación del
profesor, resumidas en su inolvidable “Decálogo del maestro” [El Líbero,
12 diciembre, año 2020]. Tal vez, estamos en presencia de una
personalidad que ha logrado permanecer en el imaginario histórico de
Chile, espacio de memoria e interpelación colectiva.
Segundo,
doña Lucía también fue diplomática, además, tuvo una gran preocupación
por la situación de la mujer, su educación y posibilidades laborales,
así como sus derechos políticos postergados, más aún, llegó a decir que
algún día una mujer sería presidente de la república en el territorio
nacional. Ahora bien, recibir el Premio Nobel de Literatura en el año
1945 marca un antes y después en su vida, incluso, una ironía, ya que
recibió posteriormente el Premio Nacional de Literatura en el año 1951.
En otras palabras, vio la triste realidad chilena, “nadie es profeta en
su tierra”, melancolía para muchos nostálgicos del siglo XX y amantes de
la literatura. Me parece que “descubrir” a Gabriela Mistral más allá de
las tensiones propias de su vida, ideas políticas y sociales, hace
verosímil una búsqueda incesante por su incidencia en el mundo de las
letras, cultura y legado literario. El repositorio de Memoria Chilena
acuña las siguientes líneas correspondientes al momento en que Gabriela
Mistral recibe el Premio Nobel de Literatura. “El reconocimiento más
relevante por su alcance mundial fue el Premio Nobel de Literatura, el
que le fue conferido en 1945 luego de una campaña internacional que la
respaldaba desde la década de 1930. Nunca el galardón había sido
otorgado a una persona latinoamericana y solo cuatro mujeres lo habían
conseguido antes en la historia. Posteriormente, otro chileno, Pablo
Neruda, recibió también el Premio Nobel de Literatura […] Hjalmar
Gullberg, secretario de la Academia Sueca, en su discurso de entrega del
premio expresó con gran maestría que “Gabriela Mistral proyectó su amor
maternal sobre los niños a los cuales instruía. Para ellos había
escrito sus sencillas canciones y esas rondas reunidas en Madrid en 1924
bajo el título de Ternura. Contrastando con la patética emoción de
Desolación, Tala expresa la calma cósmica que envuelve a la tierra
sudamericana, cuyo aroma llega hasta nosotros. Henos aquí de nuevo en el
huerto de la infancia, de nuevo los íntimos diálogos con la naturaleza y
las cosas… Señora Gabriela Mistral: habéis hecho un viaje demasiado
largo para un discurso tan corto… Para rendir homenaje a la rica
literatura iberoamericana es que hoy nos dirigimos muy especialmente a
su reina, la poetisa de Desolación, que se ha convertido en la grande
cantadora de la misericordia y la maternidad…”
Por
último, rescatar a Gabriela Mistral de una fosilización literaria y
encasillamiento político en pleno siglo XXI, sin duda, nos permite
reflexionar sobre su pluma, conocer su vida y ensanchar las estacas
propias de la cultura en nuestro país. Mirar el trabajo de una ex nobel
resulta propicio y verosímil a la causa, claro, abrazando lo plausible y
abandonando las conjeturas de su vida que, dicho sea de paso, son
propias del siglo pasado, o sea, con un tiempo de emociones y políticas
distintas a la de hoy en día. Por otra parte, cabe señalar que, la
educación fue una de las banderas por excelencia de la trayectoria y
legado de Gabriela Mistral, siendo parte de su prosa la siguiente
declaración: “Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le
envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda.
Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más oro que las
columnas y el oro de las escuelas ricas” [Extracto de “La oración de la
maestra”, Gabriela Mistral]. A más de sesenta años del fallecimiento de
Lucía Godoy Alcayaga (Gabriela Mistral), la literaria continúa siendo
agente de controversia, historia y memoria para nuestro país, de ahí que
mi columna de la semana se titule; “10 de Enero de 1957”.