31 de octubre, Reforma Protestante: ¿dogma o memoria histórica?

Como
cada 31 de octubre la historiografía europea recuerda la Reforma
Protestante como un movimiento religioso surgido en el siglo XVI que
supuso la ruptura de la cristiandad occidental entre católicos y
protestantes. En el seno de la Iglesia disidente surgieron algunas
voces, por ejemplo, la de Martín Lutero. Estas exigían una reforma para
recuperar las enseñanzas del cristianismo de los primeros años. Lutero,
católico agustino alemán, daría origen al luteranismo, una de las ramas
principales del emergente protestantismo por aquel entonces. Ahora bien,
no solo la figura de Lutero trasciende, sino también la de Juan Calvino
y otros tantos a posteriori. Tal vez, estamos en presencia de una
retórica religiosa más que histórica, de ahí que nuestra columna sugiera
lo siguiente para profundizar en el debate; “31 de Octubre, Reforma
Protestante: ¿dogma o memoria histórica?”.

Primero,
los factores que motivaron la Reforma y su propagación por la Europa
del siglo XVI fueron varias. Sin duda, estaba el descrédito de la
Iglesia por la corrupción que salpicaba a los papas y los abusos
morales, como también la venta de indulgencias para que los fieles
compraran el pseudoperdón de sus pecados. Además, no debemos de olvidar
que confluyeron intereses políticos y económicos. Lutero, nacido en 1483
en la localidad de Eisleben, buscó el apoyo de los príncipes alemanes
para crear una iglesia nacional ajena a Roma, lo que la nobleza
aprovechó en su pugna contra el emperador del Sacro Imperio, Carlos V,
junt
o
con ello, tampoco debemos relegar del contexto histórico las disputas
entre el papa y el emperador, y los conflictos de este en Europa que,
dicho sea de paso, permitieron que el protestantismo se robusteciera,
difundido con el desarrollo de la imprenta. La Reforma Protestante fue
un hito de corte político, social, religioso, cultural, entre varios
otros prismas, por ende, resulta bastante inverosímil reducir dicho
acontecimiento a don Martín Lutero, Juan Calvino y compañía como símbolo
de exclusividad dogmática, claro, un peligro al cual muchas comunidades
de fe en nuestro país sucumben, por ejemplo, la Iglesia Presbiteriana
de Chile e Iglesia Bautista Reforma (que ya suena bastante extraño el
nombre de esta última, ya que pareciera ser que un porcentaje del mundo
bautista deseara abrazar más el calvinismo que su propia tradición). Sin
duda, pensar en la Reforma Protestante, es releer su incidencia
transversal a la sociedad, no solo abrazar cuestiones teológicas que,
incluso, vienen a responder a una realidad sociopolítica propia del giro
copernicano entre ese paso del mundo Medieval a la Modernidad. A veces,
rememorar la Reforma Protestante resulta terminar haciendo una
“idolatría in situ” de Martín Lutero y otros tantos como reflejo de
piedad; una bazofia historiográfica.

Segundo,
el señor Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de
Wittemberg un 31 de octubre de 1517. Ante la difusión de aquello, entre
la Iglesia y el monje católico, se abrió un conflicto por el que este
resultaría excomulgado en 1521. Aun así, después se trataría de impulsar
un concilio universal para acercar las posturas de los reformados,
aunque sin éxito. Por otra parte, el dogma luterano pudo domeñar los
sacramentos al bautismo y la eucaristía, sus ceremonias eran austeras y
la liturgia se realizaba en cada lengua vernácula (propia), no en latín,
para hacerla más cercana al pueblo (algo que se replicó con el Concilio
Vaticano II). A diferencia del catolicismo, los luteranos no reconocen
al Papa, rechazan la jerarquía eclesiástica y no veneran a la Virgen ni a
santos. Para Lutero, la fuente de conocimiento de Dios era la Biblia, a
la que todos los fieles tenían derecho a acceder e interpretar. Por
ello, se hacía vital traducirla a otros idiomas como el francés o el
alemán, a lo que contribuyó mucho la invención de la imprenta y la
difusión de la Biblia en otros espacios geográficos, de ahí la llegada
del dogma protestante a diversos países, culturas, sociedades y
territorios.

A
partir de todo lo esbozado y de cara a un nuevo 31 de Octubre, parece
que cada día son mucho más los que adscriben a esos dogmas enarbolados
por la Reforma Protestante como una especie de fideísmo teológico y
hermenéutico. El síndrome “calvinista” parece provocar en la actualidad
chilena una cierta exclusividad literaria, un grupo elitista, un
pensamiento neoortodoxo, pero, la vedad es que es bastante intolerante,
rígido, precario y con discreta militancia en nuestro país desde un
punto de vista flagrante, así lo ha demostrado la Encuesta Bicentenario
UC año 2023, donde el credo protestante no resulta más allá de un 21%
por concepto de adherentes, más aún, el mundo pentecostal tiene la mayor
cantidad de feligreses y no aquellos que se sienten exclusivos
“herederos de la Reforma Protestante” (calvin
istas).
Parece que el mundo presbiteriano que iza la bandera del calvinismo
como nicho de sus preceptos, no conoce estos porcentajes, de lo
contrario, haría una relectura de su historia protestante con una
narrativa al estilo siglo XXI, no acudiendo al siglo XVI y de manera
adyacente a la Reforma Protestante para discutir ideas que son propias
de la presente época, por consecuencia, ser conscientes de su realidad
en Chile. Por último, la Reforma Protestante celebrada cada 31 de
Octubre es memoria histórica, una valiosa historiografía y de grandes
repercusiones a diversas aristas de nuestra sociedad; política,
religiosa, cultural, moral, etc., reducirla a un conjunto de dogmas
genera conflictos, tensiones y ausencia de verdad en el discurso. Un
hito de esta envergadura no puede ser homologado como mera adhesión a
los 5 dogmas que para muchos son el “gran legado” de esa coyuntura
histórica a inicios de la modernidad, por el contrario, debe prevalecer
la historia, memoria y subjetividad, de esa forma, damos cabida a un
puente de diálogo para aquellos dogmatistas que se paralizan frente a la
premisa; “31 de Octubre, Reforma Protestante: ¿dogma o memoria
histórica?”.

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