Chile, de siempre, ha aspirado a más. Los chilenos siempre hemos aspirado a más.
La vara, de modo invariable, se sube y se sube, en todo orden de cosas; a modo de ejemplo, en educación, a pesar de todo, se pretende más, más años de estudio, mayor escolaridad, más rendimiento, mejores calificaciones, mayor porcentaje de asistencia, mejores puntajes, más matrícula, más becas, mayor especialización, más competencia, muchos ranquines, y no suficiente con la competencia nacional, se compite a nivel mundial, al menos la educación superior, las universidades. ¡Qué tal!
Si esto de competir en educación es pan de cada día, o en tiempos álgidos de sus ciclos de gestión, hay otros ámbitos de la sociedad que no lo hacen nada mal tampoco. La salud. La salud, la administración de ella también da saltos y saltos, no tantos como quisiéramos, deseáramos o merecemos. Con la salud sí que no hay que jugar. Y no se trata de medidas métricas o estadísticas, no numéricamente, en sentido estricto. La métrica en este caso tiene que ver con la disposición, con la disponibilidad, con la calidad del servicio, sí, del servicio, que viene del verbo servir. De sus veinte acepciones de significado en el DLE, me quedo con las dos primeras: “Estar al servicio de alguien”. y “Estar sujeto a alguien por cualquier motivo haciendo lo que él quiere o dispone”. Este servicio debe ser óptimo cualitativa y cuantitativamente, sea quien sea quien lo aporte y donde se provea. De todos modos, no hay espacio para duda debe ser siempre más, mejor, mayor, del más alto estándar.
Todo es más (o casi todo). El estándar de vida de la población es mejor, más alto (diría un economista), sin embargo, el costo también es significativamente mayor, más exigente y la preparación, la formación en la microeconomía, la personal, familiar, comunitaria es básica.
Menos rodeo. Quiero referirme ya no como un fenómeno de reciente data, sino de al menos unos cuarenta años, quizás un poco más, toda alza de valores, o precios llega o llegó, para quedarse, sí, ¡para quedarse! Si sube diez, otros diez, y muchos diez, como es el caso de los combustibles, y quizás por qué factor o factores, llegase a experimentar una baja, esta es solo de dos, de tres, o de un peso, ¡un peso!, el valor del litro de bencina, por ejemplo. Un alivio, dicen, pero a la semana siguiente o subsiguiente vuelve a tomar nuevo impulso con otros cinco o más pesos, el litro, y así con todos los derivados del petróleo. Me recuerda eso de avanzar y retroceder (algo así como, dar un paso adelante y dos atrás; o dos pasos adelante y uno atrás, como prefiera el lector o el estado de ánimo).
Por ejemplo, el precio del kilo de papa en marzo de 2013 era entre 350 y 600 (según sea en la feria o en el supermercado). En junio de 2023, el precio de la papa oscila entre 830 y 1250 (feria o supermercado). Es decir, los precios son poco más del doble. Y somos paperos, hay que reconocerlo.
Y, me acabo de enterar, lo mismo pasa con la leche.
Solo traigo al papel estos ejemplos, que llegaron y… ¡se quedaron! Todo ya se ha convertido en un punto de no retorno, es decir, solo refiriéndonos desde el conocimiento lego, de personas comunes y silvestres, la economía a nivel familiar está o ha llegado a un punto de no retorno, o a un lugar a partir del cual retroceder a una situación anterior no es posible.
En economía, doméstica, al menos, todo sube, nada baja. Todo experimenta alza. Los precios llegan y permanecen a perpetuidad. Esta vez no acomoda, aquí, el aforismo de que todo lo que sube, baja.