Chile es uno de los países que presentan la peor distribución demográfica. Hay zonas muy pobladas y otras en donde la densidad es bajísima. Hace más de seis años, desde la Cámara de Diputados se le propuso a la entonces presidenta
Michelle Bachelet una revisión de la política demográfica, enfatizando
la caída de la tasa de natalidad. Hoy, con 1,6 hijos por mujer en edad
fértil, ni siquiera se alcanzan los niveles que mantendrían la población
estable en el tiempo. Muchas veces hemos explicado, en estas mismas
líneas, que el envejecimiento acelerado genera una tensión sobre los
sistemas de salud y pensiones. Ahora, a eso, en nuestra Región de Magallanes y Antártica Chilena, debemos agregar la escasez de nacimientos, dejando a nuestra zona como una de las que poseen
la más baja tasa de natalidad. Y la baja cifra en medio de la pandemia
se vio incrementada hacia la negatividad. El problema de la densificación
demográfica a lo largo de Chile se traduce en que Santiago representa
el 2% de la superficie del país, pero alberga a más del 45% de la
población. Es inimaginable, pero es la realidad. La concentración de
personas provoca reducciones en el espacio de las viviendas, congestión
en los medios de transporte, aumento en los tiempos de traslados e
incremento en las consultas siquiátricas por estrés, afectando el
bienestar social e impactando en la calidad de vida. Por eso se debe
potenciar el trabajo en regiones; aumentar los especialistas, no solo en
salud, también en educación, y por sobre todo generar centros de desarrollo.