Hace
algunas semanas de abrió el debate nacional sobre la prohibición de uso
de teléfonos celulares en las aulas, esto, a partir de una decisión
adoptada en algunos establecimientos privados y la iniciativa
parlamentaria por parte de un grupo de diputados para restringir la
utilización de los móviles en determinadas situaciones.
De
partida, al parecer, el hecho de la prohibición y la sanción no asoma
como medidas pertinentes a priori, básicamente porque estaríamos
desechando los beneficios o virtudes de las nuevas tecnologías aplicadas
en este caso a la educación, por el contrario, estaríamos determinando
de forma unilateral y autoritaria que, este tipo de tecnologías no
benefician en modo alguno en las experiencias de aprendizaje y
cerrándonos a su aplicación educativa.
Más
bien, considero oportuno abrir el debate y el diálogo con las familias y
estudiantes sobre la utilización de los celulares en la vida cotidiana,
incluyendo en las escuelas, descubrir juntos, cómo afecta su uso, las
consecuencias y cómo, de manera conjunta, plantear alternativas de
consenso.
No
sería beneficioso para nadie, asumir el fenómeno del uso del teléfono
celular en las escuelas en términos de bueno o malo de manera tajante.
Así, no estaríamos únicamente tratando de ocultar una realidad que
podemos observar en cualquier momento.
Un
estudio reciente realizado por las universidades de Chile y Católica,
en alianza con MINEDUC y UNICEF demostraron que un 58% de niñas, niños y
adolescentes entre 9 y 17 años, posee un teléfono celular con acceso a
Internet antes de los 10 años.
Han señalado los expertos que, la masificación de este tipo de aparatos móviles tiene que ver con
accesibilidad, ayudada por la pandemia que obligó a buscar métodos para
seguir las clases online en todos los niveles educativos.
Quienes
se han manifestado a favor de la prohibición, argumentan que, afecta a
las relaciones sociales de los estudiantes, a su concentración e
incluso, puede tener incidencia en la conducta, y la exposición a
situaciones riesgosas o manifestaciones agresivas por parte de pares
(ciberacoso).
Y
tienen mucha razón, por el mismo motivo muchas escuelas han
implementado medidas que restringen o norman, en acuerdo con padres,
madreas y apoderados, la utilización de estos dispositivos.
Por
otra parte, no se puede negar que la sociedad avanza velozmente hacia
una donde las tecnologías de la información y la comunicación, como así
también, la conectividad resultan fundamentales en los procesos
educativos y el desarrollo de competencias.
Desde
otra perspectiva, la situación puede ser vista como un escenario de
desafíos y oportunidades para la educación, como un recursos pedagógico,
más que como un enemigo. Sin embargo, para que esto sea una realidad,
es necesario dotar a los docentes de herramientas y habilidades
digitales que apunten a objetivos educativos acordes con su
planificación; para esto se requiere también de acortar las brechas
digitales, disminuir las desigualdades tecnológicas entre las escuelas.
Como
expresé al principio, no se trata de demonizar ni de bueno o malo, lo
central estás más vinculado con la forma en que abordamos el hecho de
que la tecnología avanza y el teléfono celular está cada vez más pronto
en la
mano de las y los escolares, por lo tanto, de nada sirve mirar hacia un
costado, por el contrario, entre más pronto nos reunamos a conversar
con las comunidades educativas, escuchar las posiciones y las
propuestas, mucho mejor podremos enfrentar este tipo de temas.