Ante
el plebiscito de salida hay un gran segmento de ciudadanos que se
dedican solo a escuchar y mantienen sus opciones en silencio. Son
pacientes observadores de todo lo que acontece y evalúan las
presentaciones de cada sector: de las interpretaciones que cada uno da a
las distintas normas que se han establecido en el texto constitucional,
como de aquellas que sirven para cuestionarlas por su falta de arraigo
respecto de la sociedad a la cual habrá de guiar.
Las
vociferaciones de los extremos, que como siempre buscan arrastrar aguas
a sus molinos y que solo contribuyen a cavar trincheras desde las
cuales tirar todo su ponzoñoso arsenal, son las que son las más
atractivas para mantener la atención y confundir en vez de enseñar. Como
si fueran barras bravas en un estadio se irán poniendo más y más
agresivas, tal como lo hemos visto en estos días donde “un loco” ha
llegado a amenazar de muerte a quienes no son de sus ideas. De nada
sirve que sus cercanos quieran mantener distancia y tratarlo de tal,
cuando en nuestra sociedad tenemos muchísimos trastornados que les
gustaría hacer de las suyas como lo hicieron en la época más nefastas de
nuestra historia.
Los
vimos marchar antes del plebiscito con cascos, escudos y palos para
enfrentar a quienes fueran y eran escoltados por las fuerzas policiales.
Esperaban o buscaban enfrentamiento y no lo consiguieron porque estaban
muy seguros en sus calles y mostraron la verdadera cara de sus
opciones. Surgieron así personajes macabros con alocuciones desaforadas,
que también tildaron de “locos”. Pero ¿y si a uno de esos locos se le
pasa la mano? ¿Asumirán la responsabilidad de haber creado Chucky o
Freddy Krugger chilensis?
Mientras
más sacudan sus botas en las polvorientas calles más oscuro será lo que
quieran mostrar, y nuestra sociedad elegirá la moderación porque serán
obligados a apretar sus ojos para distinguir la verdad de la mentira.
Quizás sea cierto que el texto propuesto tenga errores, excesos, salidas
de madre, gustitos de grupos específicos, pero es lo más cercano a lo
que se pidió en las calles. El millón y medio de personas en la Plaza
Italia y las decenas de miles en todas las ciudades de Chile buscaron el
cambio, porque después de tanto libertinaje socioeconómico, la gente se
dio cuenta de que lo boyante que mostraban los medios no era su
realidad.
En
los próximos días veremos el inicio de la franja electoral, donde, por
una parte, se destacarán “los excesos de bondades” que representa la
opción Rechazo con un tren de alegría, con frases rimbombantes, con
personajes resurgidos desde los abismos en que hoy se encuentran,
mientras los que defienden “el legado” se mantendrán de bajo perfil. Por
otro lado, estará la propuesta del “Apruebo”, donde solo debe recordar
la razón por la cual estamos en este camino. No a todos convencerá ese
argumento y será necesario establecer los cambios necesarios de hacer
para acercarla a algo moderadamente perfecto, única manera de poder
fijar el parámetro sobre lo que se deberá trabajar más adelante. Los que
quieren inamovible el texto que se apruebe están quedando en minoría,
como también los que se desnudarán y que querrán dejar las mismas normas
que durante tantos años aspiramos a derogar.
Chile
es un país moderado y aspirará, como lo ha hecho otras veces, a lograr
un acercamiento de los extremos, por lo que resultará importante que los
cambios llamados a realizarse se hagan desde la base de un texto
aprobado y no a partir del que ya está a punto de fenecer.