Sin
duda nuestro país no sabe lo que quiere, no tiene claridad de su rumbo
político ni del quehacer económico. Es curioso que la gente sepa lo que
no quiere sin conocer bien lo que desea específicamente. Se aspira a
modificaciones políticas, sin saber cómo funciona la misma, pretendiendo
armar una nueva institucionalidad sin tener claro con que reemplazar
aquellos organismos que no le gustan. Todo indica que disfrutamos de una
empobrecida educación cívica, salvo ciertos polos y generaciones que
han tenido la oportunidad de recibir instrucción en los colegios, pero
la gran mayoría carece de esta.
Porque
nos llegó la democracia tras años de dictadura, mas no fuimos educados
para conocer la democracia participativa en el que los ciudadanos tienen
una mayor participación en la toma de decisiones políticas, la que
eventualmente íbamos a necesitar en los años posteriores. Y para colmo,
ya en el proceso de transición conveníamos a poner en marcha el motor de
la democracia a toda costa, pasando por alto educar. Como resultado hay
toda una generación aniquilada que no fue formada cívicamente, y que
tampoco sabe cómo ser ciudadanos.
Esta
formación es importante porque uno de los grandes requisitos de la
democracia es la paciencia. La construcción democrática requiere de una
conferencia, de escuchar a los demás, llegar a acuerdos y construir algo
en común. La ausencia de paciencia nos ha dirigido a la frustración, a
quererlo todo rápido. Sumado a la era digital que nos ha acercado al
transhumanismo, donde los medios tecnológicos cambian los modos de
comunicación y participación al hacerlos instantáneos, volviendo todo
más rápido y directo que de las capacidades humanas normales permiten.
Esto potencia la impaciencia, o más bien, la necesidad de lo instantáneo
e inmediato de los cambios.
Estos
cambios sociales modernos y esas ciertas deficiencias educativas del
pasado, nos explican a groso modo por qué se produce el estallido social
y el que continúen habiendo protestas y desmanes. Es claro que hay una
gran cantidad de chilenos disconformes puesto que por un lado no saben
lo que quieren, y por otro esperan que les den respuestas por ellos.
Para colmo no tienen las herramientas necesarias para canalizar esa
frustración, porque desconocen el lenguaje político. La educación cívica
habría sido una muy buena herramienta para hacerles comprender el mundo
que los rodea y el lenguaje con el que tienen que interrelacionarse.
En
otras palabras, Chile es un retrato de las personas que siempre quieren
el 100% rápidamente, sacar la ventaja al clic. No se piensa en el
bienestar general, más bien en el individualismo, encerrados en burbujas
de comunicación. Obviamente eso transforma en una vida mezquina y
parcializada.
Y
esta falta de educación cívica se extiende también a los muchos
políticos que buscan el interés general asociado al interés social, pero
lo hacen de la boca para afuera, porque al final no tienen solidaridad.
A esa mayoría que busca los cargos públicos para sí mismo, para
aprovecharse del sistema. A esos otros que utilizan a la muchedumbre y a
las distintas causas de las cuales se apropian, siendo usualmente
partidos políticos del ala izquierda, que hacen de esto su modo
operandi. Y esos en otras tendencias estilo populista que hacen lo
mismo, denigrando la política y nuestra imagen de ella. Finalmente, esta
falta de criterio por los políticos destruye la fe en la organización,
en la institución.
Ciertamente
es lo que pasa en el mundo de la política, como en el resto de la vida
en sociedad. Es que hay muchas personas que están en un grado de
determinismo absoluto, algunos quieren cambiar todo, mientras otros
prefieren no cambiar nada y aceptan la intolerancia. Aunque no les
gusten las cosas reclaman por cambios, y en el proceso finalmente
tampoco aportan mucho para que ello suceda. Luego los abusos e
intolerancia se mantienen, permaneciendo tanto en la política como en el
resto del mundo, replicando este círculo vicioso. Al final llegamos a
lo mismo.
A
pesar de todo, yo aliento a toda la clase política, a la ciudadanía a
activar la tolerancia y los cambios. Por sobre todo, a formarse
cívicamente. Las transformaciones son posibles, aunque no para intereses
particulares, privados, para el cálculo, sino un cambio global para
mejorar nuestra sociedad. Eso es lo que hace falta en el mundo actual, y
para eso es necesario prepararse debidamente.