Este
domingo próximo las dos almas del oficialismo, Apruebo Dignidad y
Socialismo Democrático, se reunirán, convocados por el Presidente, en un
cónclave para tomar acuerdos sobre los objetivos y la agenda de
gobierno de los próximos meses. Originalmente el Presidente Boric había
pensado limitar la discusión a la agenda legislativa, pero desde ambas
coaliciones han pensado aprovechar el encuentro para redefinir
prioridades del programa de acuerdo al nuevo contexto y para conversar
sus constantes asperezas. Por una parte, el Socialismo Democrático ha
planteado la obligación de recalcular la dirección de la agenda de
gobierno y sincerar los aspectos del programa que realmente puede ser
abordados, mientras que, por el otro lado, Apruebo Dignidad mantiene la
tesis de respetar el programa y avanzar con todas las reformas
proyectadas en paralelo. El Presidente Boric intenta cambiar las
prioridades de su gestión sin perder el rumbo, pero se ha encontrado con
la crítica de Apruebo Dignidad, que mantiene la tesis de un programa
inalterable de gobierno. Un supuesto mandato popular al parecer escrito
en piedra, a pesar de la derrota en septiembre y que el resultado de
segunda vuelta presidencial no necesariamente implica su aprobación por
parte de los votantes.
Algunos,
entre los que me cuento, hemos planteado que este cónclave debió
realizarse antes de la invitación del Presidente Boric para que el
Socialismo Democrático integre el Gobierno. Quizás eso hubiese evitado
las múltiples incomodidades, acusaciones de aprovechamiento, enemistades
operativas de las bases y el desorden e incomprensión ideológica en
relación al actuar del Gobierno, entre las dos almas del oficialismo. A
partir de ello es observable la desconexión entre la cúpula de Gobierno y
los representantes en regiones, y entre las decisiones y rumbo del
Gobierno y su base militante. En consecuencia, un matrimonio por
conveniencia que mantiene distantes y friccionadas a las familias
fusionadas.
Gobernar
es difícil, más aun cuando no se tiene mayoría parlamentaria. Un
Presidente con gran votación, pero escasa representación parlamentaria y
pocos gobiernos locales, se vio en la obligación de ampliar su base de
apoyo, pero de forma inconsulta y cupular, y eso marca gran parte del
problema. Las dificultades en la conducción en los 8 meses, sumado a la
derrota en el plebiscito, han llevado al Presidente a asumir decisiones
más conservadoras y distantes del programa original. El mayor
protagonismo dado por el Presidente en el último tiempo a la
Concertación y sus tesis ha sido visto como una alerta de desvío y
peligro del proyecto político original. Los invitados pasan a ser
juzgados como invasores a los ojos de las bases de Apruebo Dignidad, con
desconfianza, lo que genera declaraciones destempladas de varios de sus
representantes, que terminan enturbiando más los ánimos, haciendo que
todas las miradas apunten al Presidente para que intervenga.
El
cónclave debe dar respuesta a esta polaridad y otorgar un nuevo ideario
al Presidente Boric, compartido por su base política de apoyo. El éxito
de la gestión de gobierno depende de ello. El Presidente requiere la
unidad para avanzar en los temas urgentes y superar el escenario
posplebiscito. Sobreponerse al momento crítico implica una necesaria y
urgente voluntad de adaptación de las dos almas (AD y SD), madurez y una
profunda claridad ideológica, para poder equilibrar el correcto punto
entre pragmatismo e idealismo. Se trata de compatibilizar nuestro
idealismo con la realidad, las convicciones con un necesario
pragmatismo. Es hora de adaptarse, ya que el objetivo es llevar a
delante un Gobierno que pueda dar respuesta a las demandas urgentes y
más sentidas por la ciudadanía (corto plazo) y, además, cimentar las
transformaciones estructurales que se requieren para satisfacer las
causas del estallido social (largo plazo).