Cuando perdemos a un ser querido

Cuando perdemos a alguien que queremos, la vida se nos mueve y nunca volverá a ser la misma, sin ser taxativos, sino simplemente porque nunca más volveremos a escuchar, a abrazar, a pelear, a sentir su olor, es decir, nunca más en este mundo físico estaremos en contacto con su presencia.

Suena
fuerte y es así de real, racionalmente podemos “entender” que esto ha
sido lo mejor, porque ese ser querido estaba sufriendo y esa no era
vida, desde los pensamientos puede ser todo adecuado y correcto. Desde
las distintas creencias podemos encomendarlo a Dios, a Jehová al Gran
Arquitecto, etc. y todo esto puede apoyarnos a vivir este proceso de
duelo, de dejar ir a ese ser querido de mejor manera. Sin embargo, en la
intimidad nuestro dolor añora a ese ser que ya no está con nosotros,
donde las razones no encuentran cabida, porque la desolación de haber
perdido y sentir que nunca más habrá cafecitos, escapadas, risas,
peleas, conversaciones inconclusas, los proyectos no realizados.., duele
a niveles tan profundos, que incluso el aire falta.

Queremos
gritar que es injusto, porque el mundo sigue girando y quisiéramos que
este parara, que se detuviera porque estamos tristes, dolidos, con pena y
es ahí cuando entendemos que la vida sigue, solo que nunca volverá a
ser igual para nosotros.

Surgen
preguntas hacia el futuro: ¿qué hacer ahora?, ¿qué pasa con lo que
estamos sintiendo? ¿cómo seguimos viviendo?, hay tantas respuestas como a
personas le preguntemos, entonces ¿qué hacer? Algo que ayuda es darnos
el permiso de vivir el dolor, la pena, la rabia, la desolación y entre
medio la risa, sin juicio, sin clasificar si es bueno o malo, solo
rendirnos a sentir lo presente, a sentir lo que ni siquiera sabemos si
tiene sentido, solo vivir la experiencia, el sentimiento del momento,
sin juicio y dejar ir en el proceso lo “normal” o “correcto”, solo vivir
la emoción, bajar los brazos y dejar que esta nos arrase por completo,
porque cuando intentamos resistirla, generalmente el golpe suele ser
peor.

No
hay recetas, nadie sabe mejor que nosotros lo que necesitamos, aunque
no queramos muchas veces aceptarlo. Este es un momento para dejar entrar
a aquellos que no juzgan: familia, amigos, compañeros, etc. Y también
es un momento de soledad, cuando muchas veces sentimos que nadie nos
entiende, que solo quiero vivir mi dolor, que necesito espacio para
poder hacerlo, que esto se pone cada vez peor, o que simplemente no
quiero que me vean sufrir porque no quiero hacerme cargo del sufrimiento
de los otros.

Por
esta razón, Clínica Imet ha implementado la Unidad de Salud Mental para
apoyar a la comunidad magallánica en la resolución de sus
problemáticas, toda vez que el buscar ayuda profesional no es un signo
de debilidad, por el contrario, decir no puedo, no quiero más, es un
signo de valentía, puesto que reconocemos que necesitamos de otros, como
otros necesitan de nosotros, no hemos venido a la vida a vivir solos,
sino que somos parte de un algo más grande.

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