Seguramente
cuando lea esta columna estará en los preparativos para concurrir a
cumplir con su deber cívico. Importante su decisión que ha de plasmarse
en ese voto, en uno de los momentos trascendentales en que usted y yo
tenemos mucho que decir o que aportar.
Llega
el instante en que todo lo recabado con relación a lo proyectado como
nueva Constitución ha de ser sancionado luego de un largo peregrinar y
que no estuvo exento de los más diversos acontecimientos. En esta
jornada, se ha de marcar nuestra historia republicana con experiencias
diversas y que inscribe un antes y un después.
Pues
bien, este domingo y mediante nuestro voto definiremos el futuro de una
Nación llamada Chile y que confiamos en Dios todopoderoso nos ha de
dotar de sabiduría para votar lo que realmente permita fortalecer un
Estado de Derecho y por ende, rescatar y preservar la sana convivencia
entre los chilenos y que tanto se requiere para poder continuar
estimulando en la unidad y espíritu fraterno, el desarrollo y
engrandecimiento de la Patria , suya y mía.
Y
como reza el versículo bíblico, “cada día trae su afán…”, confiamos
decididamente, en que el día post plebiscito, con madurez, con altura de
miras y lejos de reyertas o intenciones revanchistas, asumamos con
responsabilidad y haciendo gala de la cultura cívica que hemos podido
cultivar a lo largo de los años, recojamos las tareas y obligaciones que
de las urnas emergieron el día anterior. Esa y no otra debe ser la
actitud que denote la madurez adquirida tras las diversas experiencias
adoptadas en este transitar.
Oídos
sordos por favor estimados lectores a aquellos que incitan a actitudes
agresivas y que buscan desperfilar un acto republicano y cuyo sentido y
propósito no es más que consensuar un criterio sobre un tema
trascendental para los habitantes de un país que profesan el amor,
respeto y devoción al suelo que un día los vio nacer.
La
responsabilidad es compartida, autoridades, lideres y ciudadanía en
general, tienen, tenemos hoy la misión no solo de elegir una opción,
también se plantea el deber de contribuir el día después, desde el lugar
escogido, a la construcción de ese país que todos anhelamos.
Mejorar
la calidad de vida de las familias, una sociedad cada día más justa e
inclusiva, con más y mejores oportunidades para todos, resultan ser
aspiraciones transversales por las que el horizonte seguramente es común
a los habitantes de este territorio, son quizás las formas o los medios
para acceder a esos objetivos los que forman parte de las legítimas
diferencias que nos ubican en uno u otro lado, con los que podemos estar
de acuerdo o no tanto, pero es aquí donde aparece una vez más la
responsabilidad personal y ciudadana de poner en acción el sano
ejercicio del diálogo.
Los
hechos de violencia que lamentablemente continuamos observando, el
intento de imponer las ideas por la fuerza y la agresión irracional, son
precisamente el ejemplo contrario de lo que debería simbolizar una
carta magna o fundamental que apunte a promover la sana convivencia.
La
decisión que adoptaremos hoy y el resultado que conoceremos en algunas
horas más, resultan tan importantes como el día de mañana. De cómo
enfrentemos el comienzo de esta nueva semana dependerá también de cuán
dispuestos estemos a asumir que la construcción de una nación es el
fruto de una tarea colectiva basada en el entendimiento donde se
contrasten ideas y proyectos participativos, pero nunca sobre la
violencia.