En
pleno 2023 y cuando no tenemos la certeza de mantener la actividad
acuícola en la región y nos esperanzamos con el hidrógeno verde, es
bueno echar una mirada a la historia económica de nuestra región. Desde
los inicios de la colonización chilena en la Patagonia, Magallanes ha
funcionado como una economía dependiente de un solo factor productivo y
en ello hemos cometido muchos errores. Esa única actividad a la que se
le ha apostado fuertemente ha actuado como motor impulsor del
desarrollo regional. Fueron el carbón, el oro, la lana, la carne ovina,
el petróleo, el gas, los servicios, el turismo, todas industrias con
desarrollos unitarios en sus propios tiempos, que no es comparable con
la que se despliega en la Patagonia argentina, cuyo término “Patagonia”
es conocido en el mundo entero, no por nosotros, sino por el trabajo
constante de los gobiernos argentinos y de sus empresarios con
sostenidas campañas internacionales promocionando la venta de sus
productos naturales con gran éxito. Hemos optado por seguir siendo una
economía primaria y solo productora de materias primas y recursos
naturales y energéticos, y hemos preferido dejar su industrialización,
su elaboración y su valor agregado a otros. Junto a esas deficiencias
nuestras, la región entre 1992 y 2002 creció con una tasa promedio
anual de solo 0,52 personas por cada cien habitantes, convirtiéndose en
la de menor tasa de crecimiento a nivel país. Chile tiene una visión
cortoplacista, de los cuatro años de gobierno, faltándonos la visión
real de un estadista. Falta… y mucho más. Por eso los gobiernos
-incluidos ahora los nuevos gobiernos regionales- no deben pasar la
retroexcavadora, de lo contrario estamos reestructurando todo cada
cuatro años y seguirán ocurriendo traspiés como el acontecido con el
cierre de Mina Invierno, que deja a más de mil familias sin un sustento
económico
en la zona más austral del país y que ahora puede acontecer con la
salmonicultura. Por eso muchos apuestan al hidrógeno verde.