Desacuerdo a cincuenta años del golpe: el abrazo del oso

Una
manifestación de la fisura existente en la sociedad chilena fue la
imposibilidad de que gobierno y oposición acordaran una declaración
conjunta respecto a lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973. Si bien las
peroratas de lado y lado enturbiaron los verdaderos motivos que
llevaron a la oposición a negarse a suscribir tal declaración. Con el
correr de los días, la confusión se ha ido disipando, haciendo evidente
que una declaración como la propuesta por el gobierno, que solo incluía
compromisos respecto a lo sucedido después del golpe, omitiendo por
tanto todo lo que pasó antes del mismo, simplemente no podía ser
aceptada ni por la oposición ni por ningún ciudadano de a pie a quien le
interese una reflexión sincera sobre lo ocurrido ese día.

El
Presidente hace poco señaló que el golpe no era separable de lo que
vino después. Y tiene razón. Es imposible negar que quienes se tomaron
el poder ese 11 de septiembre no solo desataron la barbarie, sino que
desde esa posición usaron al Estado para la ejecución, tortura y
desaparición de miles de compatriotas. Estas atrocidades, sin embargo,
fueron condenadas no solo en la declaración del gobierno, sino que en
las de los distintos partidos de centro derecha. Por tanto, existía
acuerdo a este respecto.

Lo
que no señaló el Presidente es que, como cualquier acontecimiento
histórico, el golpe también es inseparable de lo que ocurrió antes. Y es
precisamente esta obviedad la que el gobierno pretende que todos
olvidemos. Y quien no lo haga, será acusado de golpista y violador de
derechos humanos.

Lo
cierto es que a estas alturas no cabe duda de que la UP no necesitó a
nadie que le “hiciera la cama” para explicar su fracaso. Después de
todo, es obvio que imprimir grandes sumas de dinero –aumentando en un
400% su circulación– fijando precios y subiendo indiscriminadamente los
sueldos de los empleados públicos traería la ruina económica del país
haciendo campear el hambre. Tampoco hay que ser muy hábil para saber que
un programa político cuyos objetivos eran la nacionalización de los
recursos naturales, empresas extranjeras y la banca, sumado al reemplazo
del Congreso por la “Asamblea del Pueblo” (órgano unicameral que
manejaría los tribunales), iba encaminado a una “democracia” donde esa
palabra tiene el mismo significado que cuando hablamos de La República
Popular Democrática de Corea (Corea del Norte).

Mucho
se ha especulado sobre si el golpe era o no evitable, debate algo
absurdo tratándose de acciones humanas voluntarias, que son de suyo
evitables. La pregunta relevante es quién tenía el deber de evitarlo y
qué responsabilidad le cabe a cada uno en llevar al sistema político al
desfiladero. Y es impensable afirmar que a Allende y a la UP no les cabe
responsabilidad alguna en este baile, sobre todo en un sistema
presidencialista como el de la época. Es cierto que existe una larga
distancia moral entre llevar al país al abismo –económico, social y
político– y la barbarie que le sobrevino. Pero estas atrocidades no
eximen a la UP de su cuota de participación en el quiebre institucional
de Chile.

El
problema del texto propuesto por el gobierno fue precisamente ocultar
cualquier asomo de responsabilidad de la izquierda en la crisis política
que culminó en el golpe. De hecho, el gobierno no solo omitió la mitad
de la película, sino que, además, utilizó la fecha para llevar a cabo
una beatificación de Allende y la UP. Esto confirmó las sospechas de la
oposición, que vio la invitación a firmar el acuerdo no como un acto de
reconciliación, sino más bien como un abrazo del oso que la subía al
banquillo de los acusados para que los deportistas de la superioridad
moral del gobierno hicieran su performance pública.

Y
no es que no hubiese alternativa. Un acuerdo sincero podría haber
pasado por asumir que hubo errores y horrores de los que cada cual tiene
que hacerse cargo, sin que estos sean equivalentes. Lamentablemente
esto significaría cuestionar la figura de Allende, algo para lo que
cierta izquierda no está disponible. Como dijera hace poco Oscar
Garretón (quien fuera subsecretario de economía de Allende, y que nadie
puede tildar de golpista o pinochetista): “la única sanación posible es
que todos asumamos que algo hicimos mal”.

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