Después de cuatro años

El miércoles se cumplieron cuatro años de los luctuosos hechos del 18 de octubre de 2019 y los días posteriores. Hechos que conmocionaron al país por una violencia inusitada. Estallido social se le dice para darle un cariz épico, pero que de ello nada tiene. Un factor común en esos aciagos días resultó ser el fuego. Se quemó todo lo que se quiso quemar mientras la clase política, especialmente de izquierda, celebraba la insurrección. Hoy sabemos que no fue el pueblo que se manifestó haciendo arder estaciones de metros, iglesias, empresas, calles. Grupos anarquistas y de extrema izquierda, con el aval político de la izquierda democrática y de muchos canales de televisión, llevaron adelante la revuelta contra el Estado. 

La pregunta que muchos analistas se hacen por estos días es: ¿está hoy el país mejor que hace cuatro años atrás? La sensación avalada por cifras es que el país va en franco descenso. La violencia campea y las autoridades muchas veces fungen solo de comentaristas. El desempleo acumula diez meses de incremento. Las ventas del comercio siguen sostenidamente a la baja. La clase política continúa de cabeza abocada al tema constitucional como interés principal a despecho de problemas verdaderamente urgentes. No se escucha ni se lee en los discursos oficiales una estrategia de desarrollo a la cual adherir. Pareciera además que votar por la izquierda o la derecha da lo mismo. 

Después de cuatro años la desesperanza se ha instalado. Hoy más de la mitad del país ve negativamente los hechos de octubre del 2019 según una encuesta realizada por estos días. Los intereses del ciudadano a pie divergen demasiadas veces con los de la clase política. Y esto es paradójico porque si de algo debía “servir” los hechos de octubre, era para conectar los problemas del pueblo con los intereses de su clase dirigente. Es evidente que nada de esto ha sucedido. Más aún, vemos que los políticos que estuvieron en la primera línea en esa época, hoy tienen responsabilidad gubernamental en los más variados ámbitos, pero las cosas andan o se perciben peor.

Desde una perspectiva global el prestigio internacional del país se ha ido deteriorando. La crisis de seguridad en las calles es conocida. El Chile donde el turista podía caminar seguro, se ha ido. El país donde las inversiones llegaban, también se ha ido. Las certezas se esfumaron para los analistas e inversionistas internacionales. La cuestión constitucional que aún no se resuelve y no tiene visos de resolución, ha afectado negativamente al país. Mientras, un sector político quiere mantener vivo a mata caballo el cambio constitucional. 

Ciertamente lo ocurrido hace cuatro años debiera servir de lección histórica de lo que no se debe hacer. Intentar torcer el destino del país por la fuerza bruta, termina irremediablemente mal. Más temprano que tarde el destino pasa la cuenta y hoy estamos pagando la pesada factura que nos dejó un grupo de políticos ideologizados. Afortunadamente el carácter institucional y democrático que en el país es tradición, ha servido para evitar por ahora aventuras populistas y colectivistas, de desgraciado presente y recuerdo. Pero no estamos inoculados como sociedad de dicho mal.

Si algo se debe destacar luego de cuatro años, es que la sociedad no celebró ni conmemoró la fecha. Este es un buen síntoma. El llamado octubrismo se ha ido muriendo de inanición. La sociedad no está para alimentar fantasías ni proyectos de países imaginarios. Chile todavía mantiene un lado serio. Pero debemos estar alertas, siempre alertas.

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