La
región tiene ventajas competitivas naturales que no podemos
desaprovechar: la mayor cantidad de borde costero a nivel nacional, una
inmensa cantidad de bellezas y destinos turísticos de primer nivel, la
cercanía natural al continente Antártico, las mayores reservas de agua
dulce del país y una de las más grandes del mundo, y un extenso
territorio prístino para el desarrollo de actividades productivas. Estas
ventajas se han transformado en los pilares de desarrollo de la región,
y lo seguirán siendo, pero llegó el momento de innovar, llegó el
momento de impulsar a Magallanes a una nueva realidad y poner a la
región en el circuito internacional mediante el uso de nuestras
capacidades personales, capacidades de creación, innovación e
investigación, las que deberían transformarse en sí mismas, en una
industria, lo que se conoce como la “economía naranja”. Los números
confirman la relevancia del sector: según el informe “Cultural Times:
The first global map of cultural and creative industries” de UNESCO, la
cultura y los bienes o servicios directamente relacionados con la
creatividad representan un 3% del PIB mundial, y dan empleo a 29,5
millones de personas en el mundo, más que lo que aportan sectores como
el de las telecomunicaciones o economías nacionales como la alemana. Los
ingresos de las industrias culturales y creativas en el mundo
representan US$2,25 billones, más que toda la industria automovilística
de Europa, Japón y Estados Unidos.
En
América, por su parte, un informe conjunto comisionado por el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID), la Organización de los Estados
Americanos (OEA), y el Consejo Británico (British Council), sostiene que
la contribución de las industrias creativas al PIB en los diferentes
países de la región va del 2 % en Chile, a más de 10 % en Brasil y
Estados Unidos. Además, las tasas de crecimiento en el sector son
consistentemente más altas que el promedio de los otros sectores
económicos.
Uno
de los países que es ejemplo en la implementación de la economía
naranja es Colombia, país que tiene en la Ley 1834 de 2017 (conocida
como Ley Naranja), su principal política pública de desarrollo de esta
industria, la que además permitió la implementación del Consejo Nacional
de Economía Naranja, presidido por el Ministerio de Cultura y
conformado por 22 entidades del Gobierno, y durante los dos últimos
años, la creación de incentivos tributarios y la implementación de áreas
de desarrollo naranja (ADN) y de los nodos de economía naranja en
distintas regiones de ese país. Las áreas de desarrollo naranja se
definen como espacios geográficamente delimitados donde convergen la
cultura, la creatividad y el emprendimiento, y funcionan como áreas de
desarrollo económico, social y cultural, consolidando escenarios para la
renovación urbana, la generación de empleo y la creación, producción,
distribución, exhibición, comercialización y consumo de bienes y
servicios culturales y creativos.
Como
se puede observar, la economía naranja es otra de las industrias “sin
chimeneas”, que permite potenciar otras industrias como la del turismo,
tan importante en la matriz económica de la región. Como profesional del
área económica, tengo certeza de que esta iniciativa beneficiará a la
región y sus habitantes.