En
el capítulo 23 de “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, un
vendedor le comenta al Principito de una píldora que calma la sed,
presentando como gran cualidad que ahorraba 53 minutos a la semana. El
Principito le responde: “Si tuviera 53 minutos para gastar, caminaría
lentamente hacia una fuente…”.
La
construcción de la persona, proceso en el que nos hemos embarcado como
sociedad desde que existe el sistema educativo, no se basa solo en el
desarrollo del pensamiento. Somos más que sumas y restas, más que
idiomas y argumentos. Nuestra comprensión de la sociedad, de nuestro
cuerpo, de nuestras emociones y de las de los demás, es también parte
esencial de la formación de seres humanos. ¿Somos capaces de reflejar
esto en lo que llamamos “el sistema educacional”? El Centro de
Investigación Avanzada en Educación (CIAE) y el Instituto de Estudios
Avanzados en Educación (IE) de la U. de Chile nos plantean una inquietud
que es además reforzada por la OCDE: nuestros niños y niñas de
prekínder y kínder destinan la mitad de su jornada al desarrollo del
lenguaje verbal y el pensamiento matemático, en desmedro de otras áreas
como Corporalidad o Comprensión del Entorno Sociocultural. En palabras
de los especialistas, “se reduce la educación parvularia a una
preparación para primero básico”.
La
escolarización de prekínder y kínder ni siquiera conversa con los
desafíos que se vislumbran para el siglo presente. El BID, en un estudio
del 2020, establece que “los niños, niñas y jóvenes necesitan
desarrollar habilidades socioemocionales para tener éxito personal y
profesional en el siglo XXI”, y si bien destaca los avances en América
Latina, menciona la carencia de métricas, estrategias y orientaciones
para desarrollarlas en estudiantes.
Entonces,
¿cómo recuperar el equilibrio? Desde la Fundación San Carlos de Maipo
adaptamos el programa basado en evidencia ICPS, de la doctora Myrna
Shure, a la realidad chilena, justamente para entregar una alternativa
curricular en la educación parvularia. El programa, a través del
lenguaje, de la reflexión y del juego, dota a los niños y niñas de
herramientas para la resolución de problemas, el reconocimiento de
emociones y el desarrollo de la flexibilidad cognitiva. Son apuestas
integradoras como estas las que nos darán un camino que nos permita, a
la vez, integrarnos como personas. Es así como podremos educarnos para,
como el Principito, no quedarnos solo en el número, y valorar el camino
hacia la fuente.