Educación y acción frente al desperdicio de alimentos

Es
bastante probable que muy pocas veces, o casi nunca, cada vez que
realizamos nuestras compras diarias, semanales o mensuales, o al final
de cada almuerzo o cena, prestemos atención a cuánto de los productos o
alimentos que consumimos, son realmente aprovechados, y cuántos terminan
en el cesto de la basura.

Se
trata de un cálculo que seguramente no hacemos y que tampoco esté entre
nuestros intereses o prioridades. Afortunadamente, hay instituciones y
organismos que efectivamente han realizado esta operación y los
resultados son al menos preocupantes.

De
acuerdo con cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU),
aproximadamente, en el mundo se pierde más 13% de los alimentos
producidos, y el 17% de la producción total de alimentos, en todo el
planeta, simplemente se desperdicia.

Estamos hablando de algo así como 1.300 millones de toneladas de alimentos que terminan en la basura.

Hace
algunos días, el 29 de septiembre, se conmemoró el Día Internacional de
Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una
fecha para llamar la atención sobre este fenómeno no tan difundido pero
que tiene implicancias y consecuencias muy profundas en la calidad de
vida de las personas y en los sistemas productivos de los países.

¿Cómo
andamos por casa? Bueno, de eso se encargó el primer estudio Maggi e
Ipsos sobre desperdicios alimenticios en los hogares chilenos. A pesar
de que los encuestados reconocieron que el desperdicio de alimentos es
un problema nacional, la mayoría, más del 90% respondió que recurre a
esta práctica.

Siguiendo
con el mismo informe, gran parte de las personas que participaron del
estudio, coincidieron en que los momentos en que se desperdician los
alimentos corresponden a la compra, la preparación y el almacenamiento.

Comprar más de lo necesario y preparar comida de más son las causas principales.

Pero
como señalaba al comienzo, seguramente no logramos dimensionar los
efectos de estas acciones. Según indica la ONU, durante 2022, entre 691 y
783 millones de personas padecieron hambre.

Junto
con lo anterior, el organismo internacional va más allá, y repara en el
desperdicio de los recursos que fueron utilizados para la producción de
alimentos, como el agua, la tierra, la mano de obra, entre otros,
afectando de esta manera al costo final de los productos y a la propia
seguridad alimentaria, de la que hablamos en otra columna de opinión a
propósito del repentino aumento del valor de las papas.

El asunto es, cómo hacer para revertir este negativo fenómeno y pasar a ser consumidores más educados y conscientes.

Casi
seguro que, en la mayoría de los hogares, saben muy bien lo que se
puede hacer, por ejemplo, comprar solo lo indispensable o necesario,
aprender a almacenar mejor los productos, guardar y reservar las comidas
para otro momento, comprar apoyando a los productores locales, entre
otras ideas.

Al
igual que en otros tantos temas, es necesario ir más a fondo y
considerar la enseñanza en las escuelas como una medida fundamental para
abordar el problema, desde una perspectiva local, regional y
territorial, según la propia realidad de las comunidades.

Establecer
un diálogo permanente en las comunidades escolares, junto a las
familias, juntas de vecinos, productores y comerciantes del sector,
podría permitirnos generar iniciativas novedosas y pioneras para hacer
frente a la escasez de alimentos, el aumento de precios, el cuidado de
los recursos naturales, entre otros beneficios.

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